
Pero Ignacio tuvo su revancha, merecida, como todas. Cuatro años después, en Italia, volvió a pasar exactamente lo mismo. Creo que ya no jugábamos boleo. Sólo nos sentábamos en la cuneta a conversar. Alguien prendía un cigarrillo a escondidas de los papás que a veces tenían la mala costumbre de salir a buscarnos. El Negro Claudio ya no estaba. Se había ido a otro barrio con sus papás, de un día para otro. El jardín seco de su ex-casa, para siempre desocupada y, según decían, en poder de algún banco, seguía siendo nuestro centro de operaciones.
Y como toda alegría es efímera, ésta vez ganó Alemania. Ignacio salió a reirse en nuestras caras. Se burlaba de Argentina, pero principalmente de nosotros. Alejandro, que seguía siendo mayor, pero que ahora medía menos que Ignacio lo increpó con razón y sin fuerza:
- Deberías avergonzarte por alegrarte tanto por un país extranjero -le dijo.
- Pero Argentina también es un país extranjero -dijo Ignacio, como siempre llevando la contra.
- Cierto -intervine yo-. Pero muchísimo menos extranjero.
Y el resto fue silencio. Ya no teníamos pelota.

