
Muere Pinochet y en las noticias se ve un país partido en dos. Homenajeado como Papa en Escuela Militar, celebrada su muerte con champaña, bailes y banderas un poco más abajo. Y la gente que saca la voz, grita en la tele, canta segundas estrofas y rompe cosas parece habitar el mismo país que nosotros. El mismo país de las noticias, el mismo país de hace 30 o 40 años.
Pero la inmensa y silenciosa mayoría no habita ya ese país. La inmensa y silenciosa mayoría se queda en sus casas mirando perpleja la locura allá afuera. La inmensa mayoría conversa del tema al almuerzo del día siguiente, con distancia y extrañeza. Con una opinión, pero sin pasión ni odio.
Quiero pensar que la inmensa y silenciosa mayoría entiende que Pinochet no es tema. Que los que alguna vez fueron sus defensores se rindieron a la evidencia. A la evidencia de que nada justifica los abusos. Abusos que empezaron con un golpe de estado -quién espera un golpe pacífico- pero que continuaron sin justificación por muchos años más: inutil, cobarde y cruelmente.
Quiero pensar que los que aún así no se convencieron, terminaron de convencerse cuando el último argumento, la última justificación, la última trinchera moral voló en mil pedazos con las cuentas del Riggs. Y no se trata de que el robo sea más grave que la sangre, como dicen muchos. Se trata de que el robo es injustificable. Ante la sangre se puede alegar ignorancia o se puede alegar necesidad. Todos debemos admitir que SI se ha derramado sangre por buenas causas. Quien mata a nombre de algo siempre puede decir: “me equivoqué, pero pensé que estaba haciendo lo correcto”. El asesino siempre puede reclamar buena Fe. El ladrón, en cambio, revela su verdadera cara: su mezquindad, su falsedad y su pequeñez.
Quiero pensar que la inmensa y silenciosa mayoría entiende que no acaba de morir un dictador. Acaba de morir un EX dictador. Pinochet ya no dictaba nada, ya no influía en nada, ya no cambiaba nada. Como Honecker, cuando llegó a vivir a La Reina, a dos cuadras de mi casa, Pinochet era un pobre viejo, una enferma y arruinada carcaza de hombre público, como muy bien dijo Villegas. Si Pinochet hubiese muerto hace 20, 10 o 5 años se entendería la gente en las calles, la controversia, la discusión. Que haya pagado o no con cárcel es histórica y moralmente irrelevante. Pinochet, en vida, fue juzgado y condenado. Un tipo que se soñó como héroe se vé a si mismo reducido a nada, odiado por el mundo, negado una y mil veces por todos sus apóstoles. Si eso no es perder, entonces qué es perder. Si como enemigo eso no te basta, entonces qué clase de enemigo eres, qué clase de triunfador eres. Si tener la justicia, la razón y la moral de tu lado no te dan la paz, entonces la justicia, la razón y la moral eran excusas, lo que realmente te movía era el odio y lo que realmente te hubiera dejado contento hubiera sido la venganza. Torturar al enemigo tal como él te torturó. Y eso, a mis ojos, te pone en el mismo plano que el torturador y el asesino. Si odias lo mismo, si estás dispuesto a llegar igual de lejos, eres igual de asesino, eres igual de malo, eres solamente un asesino con mala cueva, un asesino sin armas, un asesino impotente.
Quiero pensar que la inmensa mayoría aprendió la lección. Porque si hay alguna lección que aprender de los últimos cuarenta años en Chile y del último siglo en el mundo es que los excesos, las intransigencias, la polarización y las cabezas calientes siempre terminan con con golpes, dictaduras, kamikazes o bombas atómicas.
Dicen que no hay que olvidar las lecciones de la historia. Y yo no quiero olvidar. No quiero olvidar que la filosofía de las marchas, de los puños en alto, del avanzar sin transar y de fusilar sin preguntar es la verdadera culpable de lo que pasó en Chile. Es iluso, infantil, irreal, pensar que Pinochet inventó algo. Pinochet fue solo el nombre del tipo al que le tocó hacer lo que cualquier otro hubiera hecho un poco antes o un poco después. Si hubiese sido otro, probablemente estaríamos contando los mismos (sino más) muertos. Y nadie sabe que hubiera pasado con la economía, la sociedad y el futuro. Porque todos sabemos que la apertura y liberalización económica no fueron obra de Pinochet sino de un grupito de civiles que también podrían haber sido llamados por el general Pérez, Soto o García. Pinochet, como la inmensa mayoría de los hombres, fue sólo un títere de su tiempo. Un mono porfiado de un mundo en el que todo el que todos querían pegar el primer combo.
No hay que olvidar las lecciones de la historia, dicen. Y yo no quiero olvidar que gente como la que chillaba frente al hospital militar era la que hace treinta años le tiraba trigo a los mismos militares. La que después se reía diciendo “que los maten a todos” sin nunca haberse tenido que ensuciar un zapato. Y la que durante muchos años se negó a creer, miró para el lado, cambió y ocultó información de lo que realmente estaba pasando.
No hay que olvidar las lecciones de la historia, dicen. Y yo tampoco quiero olvidar que gente como la que ondeaba banderas rojas en plaza Italia era la que hace treinta años (y aún hoy, por Dios, aún hoy) defiende ideas basadas en el odio, en la lucha de clases, en la intransigencia y en la imposición de utopías (añejas, acabadas, inútiles) por la fuerza. Gente que en pocos meses hará malabares verbales para explicarnos que Fidel Castro, en el fondo, es dictador, pero no tanto. Gente que se llenó la boca de palabras como “lucha armada” o “dictadura del proletariado”, pero que cuando vieron lo que lucha y dictadura eran realmente corrieron a esconderse, lloraron y miraron para el lado dejando que los pobres y bien intencionados tontos que realmente tomaron el cuento en serio murieran como moscas.
No hay que olvidar las lecciones de la historia. Y me alegra pensar que la mayoría las ha aprendido. La gran mayoría que se queda en su casa mirando perplejos los gritos de afuera. La mayoría de la concertación que, teniendo razones para odiar y gritar guarda silencio. La gran mayoría de derecha que ya no trata de justificar lo injustificable. Y sí, seguro, de lado y lado las gritonas minorías nos acusarán de inconsecuentes, vendidos, traidores y tibios. Pero, ¿saben qué? Estoy orgulloso de pensar y contar hasta diez. Orgulloso de entender que el mundo no está partido en dos y que la vida no siempre tiene que ser una batalla. Orgulloso de no querer vivir en el pasado. Orgulloso de tratar de detener el péndulo del odio. Estoy orgulloso de pertenecer a la inmensa y silenciosa mayoría que, simplemente, quiere vivir en paz.