El Escribidor.

Miércoles, 2 noviembre 2005

Cien Palabras y cuarenta canapés

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 4:18 pm

El Viernes fuimos con Andrea a la premiación del concurso Santiago en 100 palabras 2005. Recibí por mail una invitación para la ceremonia en la estación Mapocho (siempre coincide con la Feria del Libro) y atesoré la secreta esperanza de haber ganado un premio o una mención. Al final, nada. Sólo fui invitado en mi calidad de vieja gloria del concurso (saqué dos menciones el 2001.) Debo reconocer, eso sí, que la gran mayoría de los cuentos distinguidos éste año superaban con creces los que yo envié para ésta versión. Atentos los próximos meses cuando anden en metro, porque vienen muy buenos. Notables: “Inventario”, “Versos del Ciudadano”, “Pena Remitida” y, sobretodo, “Servicio”, que va más allá del típico ingenio verbal de éste subgénero breve. “Servicio” tiene personajes interesantes, ambiente creíble, progresión dramática y final por Knock Out en 89 precisas e indispensables palabras. Acá llevamos 132 y todavía no pasa nada. Imagínense lo que es eso. Nada de fácil.
Terminada la ceremonia, que además de los típicos presentadores y actores famosos leyendo los cuentos ganadores, contó con apoyos de videos bastante bien hechos, subimos a disfrutar de los frutos de la notable capacidad de persuación de los amigos de revista Plagio. No sólo convencen a Metro de Santiago y Minera Escondida de que les financien todo tipo de concursos, exposiciones y ediciones gratuitas de libros y postales, sino que también los hacen alimentar indiscriminadamente a la flor y nata de los anónimos aspirantes a escritores, amigos de aspirantes a escritores y parejas de aspirantes a escritores. El cocktail estuvo notable. Vino tinto espectacular e incansables oleadas de mozos con canapés, bandejas de queso, carnecitas a la mostaza, sanguchitos y chocolates. Con Andrea hicimos causa común con los hambrientos intelectuales presentes y nos integramos con entusiasmo a las hordas de saqueadores y devoradores, interceptando mozos sin vergüenza y desplazándonos estratégicamente hacia la salida de la cocina para enfrentar las bandejas llenas. Aunque estábamos lejos de ser los que más comíamos, creo que igual nos destacamos. Mención honrosa, por lo menos.
El descalabro fue tal que, hacia el final, llegó el banquetero en persona a tratar de imponer órden, instruir a los mozos para que no se detuvieran frente a nosotros y tratar de que los comilones sintiéramos cargo de conciencia. “Cada mozo tiene un área definida,” alegaba. “Pero claro, estamos en Chile y acá todos se vienen a la salida de la comida.” Pensé en decirle que me extrañaba que alguien de su rubro no supiera que en todas partes se cuecen habas. Pero me arrepentí. Se veía furioso y estresado. Como si armar una comilona para quinientas personas fuera lo más ingrato y complicado de la existencia. Se notaba que nunca había tratado de escribir un cuento en cien palabras.

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