El Escribidor.

Miércoles, 25 enero 2006

Cotesita Larraín chateando en las ruinas circulares.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 2:25 pm


Hace un tiempo, Queno, un ex compañero de universidad que ahora tiene una empresa de estudios de mercado me invitó a almorzar comida china sin razón aparente. Conversamos de la vida y los respectivos buenos y malos negocios. Saliendo del restaurante me largó la verdadera razón de la reunión veraniega: “te tengo que contar una historia para que la escribas”.

Lo miré con el escepticismo habitual que esas ofertas provocan. Que a un escribidor le digan sin provocación previa que le van a contar algo para escribir es como que a un hombre de negocios le digan que le traen un negocio. Dan ganas de decir: si es tan bueno, escríbelo tú, pone tú la plata y hazte millonario sólo. Pero Queno me había invitado a almorzar y siempre me había caído simpático, desde que tocaba guitarra eléctrica en los “recreos culturales” en el patio del casino. Guardé silencio entonces. Queno buscó las palabras en el cemento caldeado, el las caras de agobio de la gente que se cruzaba con nosotros. Sabía su historia, pero se le escapaba el fondo, el corazón, el cuesco. Quería que alguien la escribiera para llegar a entenderla. Formado en Marketing, Queno sabía que una cosa era hacer las encuestas e ingresar los datos. Otra distinta interpretarlos y hacer una buena presentación.
La confusa historia eran en verdad dos historias. La primera era bastante prosaica. Un grupo de amigos hacen un grupo rock. Todos tienen sus actividades paralelas, incluso grupos musicales paralelos. Queno toca guitarra. El grupo se llama “Apatía Alcoholica”. Sacan una canción, un himno, a la piscola. Para ellos es un juego, pero la canción se difunde en Internet. Un día ven en reñaca un auto con un lienzo del grupo. Fama inesperada y anónima en la era del MP3. Había escuchado lo mismo demasiadas veces. Le dije, sutilmente, que la historia no era nada del otro mundo.
– Es que tienes que escuchar el resto -dijo Queno.
Y el resto era otra historia. Nada que ver con la primera, pero Queno insistía en juntarlas. No supe y todavía no sé por qué. Y si escribo ambas es solo por si alguien más lo entiende y por respeto a Queno. La segunda es la historia de Cotecita Larraín. El Golem de “Apatía Alcoholica”.
Aburridos de su inútil fama sin fortuna, los amigos del grupo decidieron molestar a sus semejantes. Abrieron una cuenta de messenger a nombre de Cotecita Larraín, buscaron en la web una foto de una chica sexi pero creíblemente chilena y, simulando una casoalidad, aparecieron entre los contactos de la víctima. Y la víctima conversó con Cotecita durante una semana y acordó juntarse en persona. Y obviamente ahí estaban todos, adolescentes de alma, mirando y riendo desde el otro lado de la calle al pobre tipo que llegaba puntualmente a la cita, esperaba cuarenta minutos y se iba odiando un poquito más aún a todo el género femenino.
Pero el boom vendría después. Los internautas encontraban a Cotecita por el perfil y la metían en sus contactos. Cotecita pronto tuvo cientos de amigos, todos pretendientes. Cotecita comenzó a tener biografía, gustos musicales, álbumes de fotos, familia, hermanas, hobbies. Cotecita comenzó a ocupales varias horas diarias que cubrían en turnos, aburridos ya de las mismas bromas. Cotecita comenzó a aparecer realmente, amigos de amigos aseguraban conocerla y llegó, rápidamente, a ser más conocida, admirada y requerida que apatía alcoholica.
“Ahí está la historia”, le dije a Queno. No es novedosa, pero ¿qué historia fantástica lo es? El género fantástico está tabulado hace mucho tiempo y entrega muy pocas variaciones. Viajes en el tiempo, monstruos, dimensiones paralelas (incluyendo oníricas), dobles y creación de humanoides, que sería nuestro género en éste caso. Ya hemos probado la creación mecánica, cadavérica, onírica y biológica. Nos faltaba la informática.
Podríamos llevar la historia más lejos, escribiendo una reseña de una novela que nunca escribiremos (género Borgeano que el lector agradece; para que latearme obligándome a leer una novela si en un par de páginas me puede contar la idea de una novela inexistente). Los creadores o el creador no sólo hacen cuentas de messenger, también perfiles de google, blogs, álbumes de foto y cuentas de correo. Cotecita se convierte en una presencia permanente.
¿En qué termina la novela de Cotecita Larraín? Veo tres soluciones canonicas: la realista, en la que uno de los enamorados no puede soportar la evidencia, enloquece y derrama sangre propia (final trágico) o ajena (final sádico, venganza contra los padres de Cotecita).
La segunda es la psicologista-progresista: uno de los credores de Cotecita comienza a ser más Cotecita que, digamos, Manuel y termina transformándose realmente en Cotecita, operación en Suecia mediante y casándose con el primer admirador de Cotecita.
La tercera, mi preferida, es el salto fantástico, el knock out verbal paradójico-fantástico de ejecución casi imposible pero invaluable recompensa. El creador de Cotecita deja de chatear en el momento en que se da cuenta que su perfecta obra refleja solamente su propia inexistencia. Él también es un invento, comprende con repetido asombro y arcaico pavor, que él también es, solamente, un contacto de messenger.

Foto: Ella es Cotesita Larraín. Pueden conocerla agregándola a sus contactos: cotesitalarrain@hotmail.com . Prohibido enamorarse.

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8 comentarios »

  1. SIMONE…

    Otra opcion: Podria ahora empezar a sacar fotos de cotecita en diversas partes del mundo y envia postales a sus admiradores

    Leiste Life of Pi? El tipo parte igual que tu diciendo que mucha gente le ofrece historias para escribir pero que casi nunca valen la pena ser contadas, hasta que le llega una buena (que termina siendo su libro) A Cotesita le alcanzo para un blog

    Comentario por Dunga — Miércoles, 25 enero 2006 @ 4:06 pm | Responder

  2. Propuesta:

    Si Cotesita se hace real o no me importa un carajo, lo importante es que Cotesita descubre que tiene su clítoris al fondo de su garganta y el resto es historia. Ahi da para película de hora y media.

    Comentario por Anonymous — Miércoles, 25 enero 2006 @ 7:42 pm | Responder

  3. Claro. El porno, a diferencia del género fantástico, permite una abismante gama de variantes e inusuales soluciones creativas. Deberías registrar esa idea, creo que tiene potencial.

    Comentario por Mitch Gómez — Jueves, 26 enero 2006 @ 12:49 pm | Responder

  4. prefiero la solución borgeana. aunque no tiene mucho de cinematográfica. aunque quien sabe. a estas alturas.

    Comentario por crisis — Sábado, 28 enero 2006 @ 5:35 pm | Responder

  5. Nadie sabe, pero Cotesita es pura palabra. Mejor. Sería una pena que su existencia estuviera sujeta a los caprichos de inversionistas o los vaivenes del fondart.

    Comentario por Mitch Gómez — Domingo, 29 enero 2006 @ 10:33 am | Responder

  6. el clitoris en la grganta es el tema central de deep throat…. asi que de original, nada. Menos patentarlo. Cotesita es perfecta para un thriller de cronenberg.
    Pero si no entendemos a cotesita en su estado naturla…deficil hacer nada con el material.

    Comentario por Anonymous — Martes, 28 febrero 2006 @ 4:50 pm | Responder

  7. No estés… clítoris repetido sale… en fin, gracias por iluminarnos. Cronenberg es irregular, pero dicen que “History Of Violence” viene buenísima. Veremos.

    Comentario por Mitch Gómez — Martes, 28 febrero 2006 @ 5:32 pm | Responder

  8. […] Y bueno, ya han pasado años que conocemos a Cotesita. A sido compañera de todos y a la vez de ninguno. Bueno, para los que no sepan, ella aun existe en el subconciente de muchisima gente que chatea con ella. Es una experiencia abrumadora meterse a su messenger… pero stop!… UD NO SABE DE COTESITA?… VEA guionista.wordpress.com/2006/02/28/cotesita-angie-el-big-bang-el-delator-y-el-caldo-cosmico/ y guionista.wordpress.com/2006/01/25/cotesita-larrain-chateando-en-las-ruinas-circulares/, en febrero del 2006, y obtendra una descripcion de la mítica chica en cuestión […]

    Pingback por Diseño y SciFi — Jueves, 24 agosto 2006 @ 8:15 pm | Responder


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