El Escribidor.

Viernes, 27 enero 2006

Gómez, Soto y la tiranía de la identidad.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 3:13 pm


La identidad es una convención indispensable pero tiránica y muchas veces antojadiza. Cualquiera es al mismo tiempo muchas personas y, ya se sabe, nunca podremos bañarnos dos veces en el mismo río. Y mi conciencia es un río que fluye en permanente cambio, entonces por qué estoy obligado a responder al nombre de Mitch Gómez (jo, jo, qué conveniente, otra capa de complejidad, Mitch Gómez es un alias, una identidad opcional) todos los días de mi vida? ¿Hoy, con calor, sueño, sandalias e ideas extrañas en la cabeza soy realmente el mismo de ayer conversando de negocios con claridad de cafeína, linda camisa y muy bien fingida inteligencia? Sin duda soy completamente otra persona, pero estoy condenado a responder al nombre de, pensarme e imaginarme como Mitch Gómez.

¿Y de a dónde ésta condena? Porque la VIDA EN SOCIEDAD sería imposible de otra forma:
– Hey Gómez, te estuvimos esperando en la notaría. Por qué no llegaste? Se jodió la compra.
– No fui por la sencilla razón de que no soy Gómez. En la mañana probé por primera vez la combinación dulce de membrillo-queso. Y esa experiencia ha cambiado mi conciencia. No soy el mismo. Súmale mi renovación celular, mis neuronas muertas con la cerveza de anoche, algunos gramos de grasa, mi crecimiento capilar. Imposible ir a firmar, porque YA NO SOY GÓMEZ.
– Eres imbécil, Gómez.
– Puede ser, pero no soy Gómez, ahora soy Soto.
Para que seguir, imagino que se entendió. Entonces la identidad no tiene que ver con nosotros mismos, como todo el mundo pensaba. Sino con los otros. Viene de identificar, que es una suerte de clasificación, de individualización justificada en tanto exista el grupo, la masa.
Si fueramos autárquicos, solos en el mundo como Catdog, podríamos ser -que buen ejemplo- un día cat y al siguiente dog. Pero como vivimos juntos, entonces necesitamos nuestra identidad única para poder cobrar el sueldo, pedir préstamos, comprar autos, casarnos y matricularnos en el colegio. Pero la necesidad no ennoblece el objeto. La identidad no es menos tiránica por eso.
Hay una discriminación negativa, incluso. En la última “Paula” sale un reportaje de una niña que decide hacerse hombre. Pasa de Berenice a Bernardo, algo así. Y obviamente se queja porque hay gente que no acepta su cambio. Pero el cambio de género puede ser discutido y rechazado por muchos, sin embargo, es entendido por todos. Y del entendimiento a la aceptación hay un sólo paso. Mucha agua, en cambio, deberá pasar hasta el día en que acepten que Gómez se transforme en Soto, con o sin operación de por medio (lo importante va por dentro).
¿Y por qué todo ésto? No es que quiera transformarme en Soto. Me basta y sobra con Gómez y el otro. Pero tengo problemas con las identidades ajenas. Me explico:
Ayer, comprando un regalo de cumpleaños en Falabella vislumbro de reojo una cara conocida. Una ex compañera de universidad con la que probablemente hablé cinco veces en mi vida. Pero no recuerdo su nombre. Desconexión cerebral de nacimiento. Sé que conozco a alguien, pero no sé el nombre y, mucha veces tampoco sé de dónde lo conozco. Pero ella recuerda mi nombre y me saluda. Y yo sonrío y la saludo. Y Andrea sonríe como perrito guacho esperando que le presente a la nueva amiga. Pero yo no la puedo presentar porque no tengo idea quién es. Así que digo algo como “Andrea… mi señora.” Y es como si la desconocida fuera mi señora y yo le estuviera presentando a Andrea. Y es un momento incómodo para todos en el que preferiría huír de la tiranía de las identidades. Saludar amablemente con algo como:
– Sabes, tú cara perteneció sin duda a alguien que conocí en la universidad, era una niña bonita pero escasamente conversadora de la que he olvidado casi todo.
Y entonces ella contestaría:
– Ahhh, ella. No, mejor ni hablar, ella era Francisca, una pendeja quebrada sin mucho que decir. Ahora soy Fabiola, vengo llegando de Nueva York, tuve un hijo y definitivamente ahora si vale la pena conversar conmigo.
– Me doy cuenta. Mira Fabiola, ella es Andrea, mi señora y, a propósito, yo soy Soto. Gómez era un tarado que nunca hubiese merecido casarse con Andrea.
– Y quién es Andrea -interrumpiría mi señora-. Yo soy Heather, desgraciado.
– Cómo que desgraciado? -diría yo-. Ese era Gómez. Ahora soy Soto, respétame.
– Ufa. Ver ésta pelea a cambiado mi idea del matrimonio. Me voy, triste. No podré seguir siendo Fabiola. Díganme Maribel de ahora en adelante.
Y es cierto. Sería un mundo muy confuso. Pero cada encuentro sería una linda sorpresa.

Foto: Nicolas Cage, que en realidad es Coppola, es Charlie, pero también Donald.

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3 comentarios »

  1. Jajaja a mí también me pasa lo de los nombres, recuerdo las caras, eso jamás se escapa, pero nombres!!! Ufff no no no, en todo caso, opté por reconocerlo, aunque hay veces que después se me ha vuelto a olvidar y la respuesta ha sido similar a lo que tú comentas, ¿cómo no recuerdas mi nombre? Es Javier… No, estoy segura que no te llamas Javier, tu nombre no empieza con j… No, tienes razón, me llamo Octavio… Nuevamente la duda para mí, así es hasta hoy con un “amigo”, hablo horas, nos reímos, tenemos intereses en común, etc. pero, no sé su nombre, para mí es Rodrigo o Andrés, da lo mismo…
    Jajaja es cierto, soy obsesiva, las palabras exactas de la psicóloga son: “tú sí que eres obsesiva…”
    Cómo es eso…JC le busca la quinta pata al arte…esta bueno…

    Comentario por JC — Viernes, 27 enero 2006 @ 4:53 pm | Responder

  2. Interesante ensayo.

    Excelente para el PGB. Pena que la Punto ahora es Isabel, y ya no reparte cuentos de terceros a huevones que no lo aprecian, sino que credito de terceros a huevones que dan su vida por el.

    Comentario por Dunga — Viernes, 27 enero 2006 @ 7:52 pm | Responder

  3. Oye, ese es buen juego de palabras. Y no tenía idea de lo otro. Dará crédito a microempresas?

    Comentario por Mitch Gómez — Domingo, 29 enero 2006 @ 10:29 am | Responder


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