El Escribidor.

Viernes, 3 marzo 2006

U2 y las comidas en el trabajo.

Filed under: Posts de la vida.,Profesiones — Miguel A. Labarca D. @ 9:00 am
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Adivinarán, no fui al concierto. Muy caro. Si me sobraran treinta lucas preferiría donarla a los niños pobres de Uganda en lugar de financiarle un litro de gasolina para el jet privado a Bono. No, mentira. Creo que las gastaría en ir al cine, o en producir monos animados, o en DVDs, o en vino. Pero no me sobran, así que ni siquiera estaba en cuestión. Pero tuve dos premios de consuelo. Primero, vi la película que me regaló Andrea en DVD hace semanas, pero que tenía guardada para el Domingo a la hora del concierto. Mi propio concierto en casa. Y del U2 fresco, comenzando a ser grande. No del U2 institucional, potencia mundial, multinacional, que tenemos ahora. En todo caso me gustan ambos. Yo feliz de que a la gente le vaya bien. Pero el antiguo tiene algo más romántico. Al final, la nostalgia es una tecla que no falla.

Recuerdo el concierto anterior, al que sí fui. Estaba haciendo mi práctica profesional, dedicando un hermoso verano a ser asistente de la asistente de Marketing en Sodexho, la empresa Francesa de casinos. Lo único bueno era la telefonista, que me saludaba en las mañanas y que tenía una delantera que lucía perfecta sentada en su cabina de vidrio. Y el casino, que era, obviamente, Sodexho y de los mejores, porque lo usaban para invitar a potenciales clientes y convencerlos de cambiar la concesión a ellos. El almuerzo era el momento más alto de mi día. Junto con la media hora posterior, cuando me tiraba a mirar el cielo en el único manchón de pasto del estacionamiento. Todo era cuesta abajo desde ese momento (y cuesta arriba en la mañana). Una mezcla entre el piso 21 1/2 de “Beeing John Malkovich” y un sketch de “Medio Mundo”. El gerente de Marketing no hablaba con nadie. Llegaba donde mi jefa y le tiraba el diario en las mañanas. Supongo que para que hiciera inteligencia corporativa. Mi jefa era un siete. Era técnica en algo en un instituto desconocido, pero tenía una inteligencia y un sentido común que todavía recuerdo (más que su nombre, que olvidé). Y estaba el operador de la base de datos (de clientes, prospectos y competencia). A mi me tocaba actualizar y ordenar esa base, que era un desastre. Redundancias, contradicciones, campos malos, toda una lista de como no debe ser una base de datos. Y eso que yo nunca supe nada de bases de datos. Entonces me acercaba al operador y le decía que había que hacer un cambio puntual en la forma de ingresar determinado rango. Y él me contestaba que ese cambio lo tenía que hacer el “programador”, porque él solamente era “operador”. Yo le contestaba que entonces teníamos que hablar con el “programador”.
– Yo no hablo con ese huevón -me contestaba él.
Supongo que era la cultura organizacional. El gerente de Marketing tampoco hablaba con mi jefa, después de todo.
Eso hasta que llegó un Francés. Un cabro chico, como de 17, que necesitaba hacer una especie de práctica y era hijo del gerente general de Francia. Si yo estaba perdido, él era de otro planeta. Escuchaba todo el día un discman con grupos Hip-Hop en Francés (que en esa época me parecían lo más freak del mundo). Yo le prestaba el “Sueño Stereo”, de Soda. Él se aburría muy rápido de su supuesta pega y me iba a buscar a mi escritorio para salir a dar una vuelta. Mi jefa me miraba feo, pero a veces yo estaba a punto de caer muerto sobre el teclado y, simplemente, tenía que salir por un café. Además el cabro era el hijo del gerente general. “No nos pueden decir nada”, me decía en su Inglés de Francés. “Soy el hijo del gerente”. Y claro, yo también era el hijo de la gerenta de una empresa que era cliente de ellos. Pico, no nos podían decir nada. El Francés fumaba y contaba historias. De minas, de motos. Tenía mucha, pero mucha plata. Me contaba de sus carretes en París. Carreteaban de traje en “clubs”, me decía. Lo invité a un carrete chileno, fuimos al departamento de un amigo en Ñuñoa y tomamos una piscola en el garage. “Tu amigo vive en el ghetto,” me dijo después.
Transmitía con secretaria del gerente general, una señora, probablmente divorciada, muy producida, pero que en ese encierro era probablemente mejor que Kim Bassinger en su buena época. Yo le conté que la telefonista siempre me saludaba. El concluyó que quería algo, porque no saludaba a casi nadie. E ideó el plan de que las invitáramos a salir. Le dije que estaba loco, éramos alumnos en práctica, por Dios santo. El Francés siguió hinchando. Comenzamos a conversar y almorzar con ellas. Para todos era un triunfo, nos miraban con envidia. Triunfo que yo no saboreaba. Me sentía observado e incómodo. El Francés alababa la mayonesa del casino. Ésta es la única razón por la que permanezco en Chile, decía. La secretaria y la telefonista se reían. Yo sólo quería estar de vacaciones, partir al sur. El Francés me comenzaba a cansar. Insistía en que las invitáramos. Al final accedí, pero puse mis condiciones. Tenía que ser en la última semana de práctica. Las llevamos a Suecia. Creo que al final no nos atrevimos a invitar a la secretaria, o no aceptó. Pero salimos con la Telefonista y su prima chica, que cortejó, sin resultados nuestro amigo Francés. Con telefonista nos dimos unos besos en un sillón oscuro de la discotheque más oscura de Suecia. Ahí me confesó que estaba comprometida y se iba a casar con un Argentino en pocos días. Me terminé de sentir mal.
– ¿Y? estás enamorada -pregunta estúpida de rigor.
– No – dijo.
– ¿Y..? Por qué.
– No sé -dijo.
El Francés, en el taxi de vuelta, luego de ir a dejarlas al colectivo, me dijo que creía que Telefonista sólo quería irse de la casa de sus papás y que yo debía insistir e invitarla a salir de nuevo para que no se casara.
– Ya. ¿Y después?
– Después te acuestas con ella. ¿Has visto las gomas que tiene?
– …
En fin. En la semana que quedaba no volvimos a almorzar juntos. Telefonista y secretaria volvieron a su mesa de siempre. Nunca tuve habilidad para esas situaciones. Y el Francés no paraba de hablar. Fuimos juntos a comprar las entradas para U2 y el día del concierto caminamos desde el trabajo hasta el estadio. Yo en silencio y el Francés sin parar de hablar, tratando de convencerme de que invitáramos a la Telefonista y su hermana a la playa, o algo así. Yo en silencio. Llegamos al primer control y el francés comienza a tocarse los bolsillos, desesperado.
– No tengo mi entrada.
– ¿La dejaste en la oficina?
– No, se me debe haber caído, acompáñame a buscarla.
– No. Anda sólo. Te espero acá.
El Francés partió corriendo, desandando lo andado. Lo vi desaparecer entre los blocks del gheto. Observé a la gente entrando, con risa en la cara. Vi la libertad a un cruce de barrera. Francés probablemente no encontraría su entrada, volvería llorando y tendría que mirarle la cara y decidir que hacer. Ahora sería tan simple… cruzar la barrera, correr a galería y olvidar todo junto al televisor más grande del mundo. Pero esperé demasiado. Y se produjo el… ¿milagro? El Francés más feliz del mundo se acercaba corriendo con una entrada en la mano. “Se me había caído cuando compré el agua mineral,” me explicó lleno de risa.
Entramos. Y más que las canciones, nunca olvidaré el mejor gol de Marcelo Salas en el televisor más grande del mundo, mientras esperábamos. Se anunciaba algo grande. Mientras, el Francés decía, que Salas era tremendo, pero que Zidane era el mejor de todos. Yo ni siquiera contestaba. Cuando el concierto iba en la mitad, comenzó a tratar de convencerme para saltar la reja hacia cancha.
– No. Yo me quedo acá.
– No te entiendo – dijo él.
– Algún día lo harás -le dije.
Me miró con cara de “éstos Chilenos están majarretas”, pero se quedó ahí al lado. Yo sonreí, abrí la boca y canté con Bono: “…because I still haven’t found, what I’m looking for.”

Foto: Comprando en el Pop Mart después de la pega. Creo que tuve suficiente con un concierto de U2. Queda pendiente el comentario de “Rattle and Hum”, la película.

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4 comentarios »

  1. Piso 7 y medio
    No 21 y medio.
    Eso.

    Comentario por Bendrix — Sábado, 4 marzo 2006 @ 3:17 am | Responder

  2. Cierto. Fe de ratas. Me confundí con mi segunda pega, la primera oficial. Ahí había un piso 21 y un altillo al que yo bauticé como 21 y medio. Claro que era el único que entendía la broma, nadie más cachaba la película. En honor a la verdad, eso sí, debo decir que era bastante más amplio y una especie de paraiso comparado con mi práctica.

    Comentario por Mitch Gómez — Sábado, 4 marzo 2006 @ 8:48 am | Responder

  3. Presente señor. Recuerdo los baños que daban a los escritorios, delataban cualquier almuerzo spicy con café.

    Recuerdo también los C&C en los cubiculos, donde mirabamos por la rendija superior a ver si alguien nos estaba vigilando.

    Recuerdo también cuando pusiste en la palm, en la época que nadie tenía palm, que renunciarías en 1 año más. Esa es una historia que merece la pena ser contada.

    Comentario por Rob — Domingo, 5 marzo 2006 @ 1:06 am | Responder

  4. que buen cuento Mitch. Me conocia la historia del frances, pero le diste una estructura digna de guion… McKee estaria orgulloso.

    Tienes razon sobre la nostalgia. Un boton que nunca falla. Buenos tiempos aquellos en que no teniamos responsabilidades y el futuro apesar de incierto no nos asustaba ni un poco

    Comentario por Dunga — Domingo, 5 marzo 2006 @ 10:21 am | Responder


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