El Escribidor.

Lunes, 20 marzo 2006

“Los Desconocidos de Siempre”

Filed under: Posts de Pelicula(s) — Miguel A. Labarca D. @ 7:49 pm


Sin haberla visto antes le regalé ésta película a mi papá para navidad. Mi papá, actualmente un escéptico, pesimista y descreído turista capitalista materialista fue en alguna época pretérita un inocente, crédulo, optimista, ilusionado y comprometido socialista artista.
Durante los locos sesentas ganó la primera regata en el mapocho, debatió con Insulza y le pegó un combo histórico al colorín Ravinet. Anduvo en motoneta, prácticamente trajo los jeans a Santiago y salió en titulares y noticieros de matiné protagonizando memorables bromas universitarias. Su mejor amigo era un judío loco que luego viajó a Estados Unidos se hizo multimillonario, voló en jets privados, fue productor musical de hip-hop y fue perseguido y encarcelado por la CIA en Millwakie por evasión tributaria luego de un espectacular operativo en Centroamérica.

Y dentro de todas esas historias que me hacen sentir igualito que el hijo de “Big Fish” hay un capítulo que, en vista de mis pasos actuales, mi padre se esfuerza por olvidar con mayor intensidad que ninguno. Y es que trató de convertirse en cineasta. Hizo un curso en el Chileno Norteamericano y terminó dirigiendo, en cine, una película conceptual sobre… Puertas… sí, puertas… que por algún afortunado azar se perdió camino a Checoslovaquia. Y luego vinieron los terribles setentas y el setenta y tres su carrera de cineasta se vio truncada con dos acontecimientos a todas luces nefastos, pero necesarios e inevitables. Fue acusado de terrorista por sus vecinos copuchentos que imaginaban que las latas de películas, cámaras y luces eran un arsenal estilo carrizal bajo. Pero como, a decir de Maraldi, nunca le ha faltado el don de la palabra, terminó convenciendo al cabo a cargo que sus tres días en el servicio militar lo convertían en algo así como general en jefe. Y el cabo le creyó y terminó allanando los departamentos vecinos para recuperar las especies robadas por los mismos vecinos acusadores. Entre ellas, la preciada y contrabandeada colección de PlayBoys que luego yo leería supuestamente a escondidas. Y, segundo hecho radical y truncador, se casó.
Pero esa es otra historia. El punto es que como todo aspirante a cineasta que se precie, mi papá tenía sus becerros dorados, sus tierras prometidas del celuloide. Y su tierra era Italia. El llamado Neorrealismo Italiano del que crecí escuchando. Marcello Mastroianni, grande como ninguno. Vittorio Gassman, casi igual de grande. Películas como “Il Sorpazo”, “El Tiffozi”, “Los Monstruos” y ésta, “Los Desconocidos de Siempre”. Películas que, en su mayoría no he visto, pero de las que sé secuencias y diálogos completos.
La gracia del neorrealismo, según entiendo, es que los pobres Italianos, empobrecidos luego de la guerra, decidieron hacer películas en la calle. Salir de los estudios, de las grandes producciones, poner la cámara en la vereda y filmar historias simples, humanas, con un puñado de buenos actores, locaciones reales y extras sacados de la vida misma. Una especie de Dogma, pero menos extremo, fanático e infinitamente menos frío y pesimista. Estamos hablando de Italianos versus Daneses. Estamos hablando de cincuentas versus noventas.
Así que le regalé “I Soliti Ignoti”. Y mi padre, que en la actualidad ve muy pocas películas, se sentó a verla. Y me comentó que había quedado decepcionadísimo. La película estaba mal hecha, se veía anticuada, las locaciones falsas, las actuaciones exageradas… el tiempo le ha pasado por encima, me dijo. Por eso no es bueno volver a ver películas.
Adivinarán, que como escritor cinéfilo y copuchento, no me podía quedar de brazos cruzados. Le pedí la película prestada y la vi el Jueves, medio entonado, de vuelta de un happy hour fundacional para la empresa y Animonitos. Y puede haber sido una virtuosa acomodación de las expectativas. O una providencial sensibilización alcohólica. No sé, pero el punto es que encontré que “Los Desconocidos de Siempre” es una película maravillosa.
Más allá de la trama, original, supongo, en ese entonces, pero bastante manida a éstas alturas (un grupo de ladrones perdedores se embarcan en un “golpe” que, creen, los salvará de sus miserias, pero del que no logran, finalmente, sacar más que una buena cena) lo que hace la película inolvidable es la calidez y ternura con que trata a sus personajes.
Por el tema y el ambiente, podría ser una película negra, amarga y pesimista. Pero resulta ser amable, divertida y emocionante. Monicelli da una clase de un mandamiento que para mi es ley: querer a tus personajes. Da lo mismo si son protagonistas, secundarios o antagonistas. Debes querer a tus personajes como a un hermano. No por sus cualidades, sino precisamente por sus defectos. Aquel dicho, desvirtuado y envilecido por millones de metidas de patas justificadas, toma en éste caso una carga de verdad casi insoportable. Errar es humano. Y los personajes de Monicelli deben aprender a errar, levantarse, criar a sus hijos, cuidar a sus hermanas, enamorarse y seguir viviendo a pesar de todo.Maravilloso y bastante significativo. Parece que los años son relativos, después de todo. Está en nosotros conservarnos o dejar que nos pasen por encima.

Foto: Mastroiani, Gassman y compañía vigilan antes del golpe maestro. Todo un género se inicia. Ladrones ineptos. Cuánto le debemos a ésta película. Piensen en Woody Allen, piensen en los mellizos Cohen. ¿Por qué no hacemos películas así en Chile? Si las hacemos, y son las que más pegan. Probablemente Orlando Lübert pensó en las comedias Italianas viejas al hacer Taxi Para Tres y se le salió la amargura Chilena, pero igual le quedó buena. Y evidentememente Boris Quercia le ha dado el palo al gato adaptando con gran oficio el modelo… hasta su productora se llama Chilechitá.

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