El Escribidor.

Lunes, 27 marzo 2006

La vida es un Loto.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 9:41 am


Un guardia de seguridad se ganó los dos mil millones del Loto. Yo casi nunca juego y definitivamente nunca gano nada. Pero estos últimos sorteos tenian demasiado dinero, así que jugué mis números. Y los de Andrea, por si acaso. Venía saliendo del mecánico, donde mi fiel corcel se reponía de los achaques propios de su edad. Y vi un local de apuestas vacío en medio de la mañana. Tuve que gritar “aló”, para que saliera el dependiente de adentro de su casa (el local era una especie de living reacondicionado). Me miró con sueño, pero optimismo. “Es el primer juego del sorteo,” me dijo.

Pero no sirvió de nada. Las iluminaciones repentinas sirven en las fábulas, no en la vida real. Recuerdo otra ocasión en que me quedé botado en Las Condes, bien arriba. Estaba oscuro, soplaba el viento y tenía que tomar micro. Revisé mis bolsillos; ni una sola moneda. En mi billetera miles de boletas viejas, plásticos de todo tipo y tarjetas de visita arrugadas. En medio, un sólo billete. De diez mil pesos. Y entonces fue cuando giré y vi el quiosco que tenía ausencia patológica de diarios, enfrentada a una sobrenatural abundancia de juegos de azar. Compré un Kino, y con el vuelto tomé la micro que me llevó, sano, salvo y calentito a mi casa. Pero de apuntarle a los números, nada de nada.
Ahora, luego de pasar raspando tres cursos de probabilidades y estadística, puedo asegurarles que la mala suerte tiene una explicación terriblemente científica. Pero la esperanza es mucho más humana. Cuando recién inventaron el Loto, mi amigo Ignacio me llamó a su casa recién llegando del colegio. Fui con uniforme todavía. Cerró la puerta de su pieza y me contó el plan maestro. “Salió este nuevo, juego que se llama Loto. Hay un local saliendo del Lasalle. Hay que apuntarle a seis números. Es demasiado fácil.” A mi también me pareció demasiado sencillo. Seis de treinta y seis. Jugando una vez a la semana, en pocos meses le achuntaríamos y seríamos ricos a una edad en la que muchos ni siquiera imaginaban lo que era eso. Para estar seguros, le propuse que hiciéramos una prueba. Cortamos treinta y seis papelitos y los numeramos. Luego elegimos seis e hicimos un sorteo simulado. Sacamos dos, creo. Repetimos la prueba varias veces. Lo máximo fue tres, creo. Ignacio dijo que no era lo mismo. No me supo decir por qué y terminó enojándose. No es lo mismo, yo jugaré sólo y tú te quedarás sin el premio.
Yo quedé en la duda. Será o no será lo mismo. Intuía que era casi lo mismo. Pero tal vez el casi dejaba a Ignacio millonario y a mi pobre y niño, como antes. Reflexionando en aquello volví a la casa a tomar once.

Foto: Héctor Ruz Bustos nunca tomó un curso de probabilidades y, probablemente, nunca hizo ensayos con papelitos.

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