El Escribidor.

Miércoles, 12 abril 2006

Última hora.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 6:38 pm


Hoy fue la segunda "pata" (que feo ese término) de la entrega del proyecto de Animonitos al CNTV. Aunque ya habíamos mandado electrónicamente los veintiún documentos que constituían nuestra lata tratando de cubrir matemáticamente cualquier posible flanco expuesto que pudiesen detectar los jurados a los que trataremos de convencer que pongan un camión de billetes para hacer… monos animados, quedaba pendiente lo más importante: la entrega de los videos, CDs y DVDs con nuestros "currículums audiovisuales" y con el capítulo piloto.
Como bien dicen los periodistas cuando los mandan a cubrir una noticia tan apasionante como por ejemplo las compras de navidad, o el pago de las patentes o la inscripción en los registros electorales… el chileno es de dejar las cosas para última hora. Pero he tenido malas experiencias al respecto. Hace como un año, antes de ganar el Corfo para Animonitos, postulé (o preparé una postulación, mejor dicho) a otro Corfo, para cortometrajes. Era un concurso que se realizaba por primera vez y, por lo que me habían contado, tenía muy poca competencia. Así que presentar el proyecto y ganarlo era casi… coser y cantar. Era un día de Julio, oscuro y lluvioso. Mi amigo Crisis, llegó de retaguardia a buscar un CD-ROM que le habíamos hecho para la presentación de su proyecto "El Tesoro de los Caracoles", que había ganado el Corfo el año anterior. Crisis apareció por la oficina como a las 12 del día y me dijo que me apurara, porque el plazo vencía a las 3 PM. Y yo, con esa personalidad obsesiva que sólo saco a relucir cuando estoy frente a un computador, me preocupaba de imprimir, compaginar y ordenar todo lo posible. Salí de la oficina bajo la triste lluvia cargando papeles que debía esconder bajo la parka para no mojarlos. Podría haber presentado todo así, pero me faltaba fotocopiar un par de cartas de compromiso… para cualquiera un detalle… pero vaya a saber uno cómo son los jurados de éstas cosas, así que bajando del metro me puse a buscar una fotocopiadora. En una galería llena de cafés con piernas encontré la única vacía, subiendo una escalera tétrica. Un viejo bizco me fotocopió las cartas. Eran las 14:30, tenía todavía media hora. Más tranquilo, decidí dejar todo perfecto y le pedí que me anillara los mamotretos. El viejo bizco se tomó su tiempo, pero salí con diez minutos para caminar las dos cuadras que me separaban de la oficina de Corfo en Moneda. Pero el paisaje cambia con la lluvia y los papeles pesaban, así que desemboqué en Moneda dos cuadras más abajo de lo necesario. Caminé salpicando pozas, urgido bajo la lluvia que no paraba. Y logré llegar con un minuto de gracia. Exactamente a las 14:59, a un minuto del plazo, con una sonrisa en la cara y muchos papeles salpicados en las manos. Pero el guardia que me bloqueó el paso no sonrió ni un poco cuando me dijo: "Se acabó el plazo, no puede subir". Lo miré con la incredulidad de alguien que se acaba de enterar que se cayeron las torres gemelas. "No, mire. Todavía falta un minuto, son las dos cincuenta y nueve." Lo asombroso fue la respuesta del tipo. No dudó de mi reloj, no me dijo que estaba equivocado. Al revés, asintió: "Sí, pero no puede pasar, son órdenes de arriba."
Obviamente pasé por todas las fases de la indignación, la incredulidad y el alegato. Desde la rastrera (oiga, pero trabajé mucho para ésto) hasta la prepotente (¡Usted cómo se llama, se acordará de mí, se acordará!) pasando por la creyente (llame a su jefe, ésto es un mal entendido) hasta la surrealista (ésto no puede estar pasando.)
Lo que hace la historia insoportablemente frustrante es que yo fui el primero de muchos que llegaron después que yo. Llegaban, alegaban y pasaban por las mismas fases de indignación que yo, hasta que media hora y muchos postulantes frustrados después, bajó el encargado de Corfo y nos retó a todos. "Tuvieron meses para preparar el proyecto… no puede ser que lo traigan… TREINTA minutos tarde". Y yo, alegando igual que los presos que dicen que son inocentes al carcelero que no los escucha porque "todos dicen que son inocentes", pero escúcheme bien, yo sí que lo soy, traté de decirle que yo no había llegado media hora tarde, sino un minuto adelantado. Pero todo fue inútil. Tiró la piedra y escondió la mano: "si te dejo pasar a ti, tendría que dejarlos pasar a todos".
Al rato bajó Crisis, feliz. Se había lucido presentando el CD que le habíamos hecho para su proyecto. "Traté de ayudarte," me explicó. "Pero me pusieron muy mala cara cuando me llamaste al celular". Y claro, lo había llamado en una fase olvidada de la desesperación.
Fuimos a una pizzería rasca y ahogamos las penas, las alegrías, la lluvia y el frío en cerveza, que me dio más pena y frío. Crisis no sabía que decir y dijo poco más que una frase memorable que todavía recuerdo antes de presentar cualquier proyecto: "Bienvenido. Ésta que elegimos es la profesión de las frustraciones."
Casi siempre. Pero hoy me salvé. El plazo vencía a las cinco y a la una y media ya estaba entregando las cosas. Tiempo de sobra para cortarme el pelo, ir a ver una película estúpida y volver a la oficina a recoger a los muertos de la batalla reciente. Al terminar éstas líneas me espera la aspiradora y una gran bolsa negra donde se irán, en ritual de purificación, kilos de papeles, botellas vacías, cintas viejas y dibujitos varios. Hoy me salvé de la lluvia.

PS: "Deportes Extremos" se llamaba el corto que CORFO se perdió y que yo nunca hice. Pero algunas fotos quedaron. Fotos que incluso nos valieron un procesador AMD que vendimos por Derremate. Pero eso es otra historia.

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