El Escribidor.

Lunes, 19 junio 2006

El Enemigo.

Filed under: Mis CUENTOS — Miguel A. Labarca D. @ 12:37 pm

Un viejo monje busca al innombrable en rincones oscuros y hogueras expiatorias. Aún no sabe que el mal se esconde en los rincones más inesperados.
Escribí éste cuento de viejo estilo cuando estaba en la universidad. El cómo es más importante que el qué, en éste caso.

Leer en PDF.

E L E N E M I G O

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta
en realidad de un solo momento: el momento en
que el hombre sabe para siempre quien es.”

(Biografía de Tadeo Isidoro Cruz)

Al volver a su cuarto, Fray Sánchez de Guzmán pensó que hasta la vida más larga era apenas una lucha breve y sin esperanzas. Cuando el enemigo es poderoso, eterno y camina oculto, ninguna fuerza humana parece dañarlo. Sólo el Altísimo —pensó— puede ganar para nosotros la guerra eterna.
Hacía pocas horas, cuatro mujeres habían perecido consumidas por el fuego. Repitiendo un rito que sentía oscuro y cruel, pero que sabía piadoso e ineludible, Fray Sánchez había encendido con sus propias manos la antorcha del verdugo. Había escuchado con atención y pavor (como tantas otras veces) los gritos desesperados de las mujeres, elevándose como el humo, sobre los murmullos del pueblo asustado. Con el crucifijo entre las manos, arrodillado en el resplandor vacilante de las llamas, había rezado sin descanso al pie de la hoguera. Había implorado al cielo la fuerza necesaria para continuar con su tarea en la tierra: fuerza para dejar de escuchar los lamentos de las condenadas, fuerza para olvidar los rostros de los hijos que dejaban, fuerza para seguir combatiendo el mal con fuego y lavando el pecado con sangre.
“Malignus orbius infernatus tornem,” era la sentencia obligada al finalizar la ceremonia. Los gritos habían cesado y la gente se retiraba en silencio a sus casas. Esa noche, puertas y ventanas se trancarían para apartar de alguna forma el recuerdo del sacrificio y dejar fuera el olor de la carne quemada que inundaba el pueblo.
Fray Sánchez había trepado solo por los cerrados callejones hasta las alturas del monasterio. La oscuridad tragaba las casas como la niebla a los barcos y el silencio era tan absoluto e inequívoco que parecía posible escuchar el sonido de los árboles creciendo en el monte. Escuchando sus pasos multiplicarse sobre los adoquines, Fray Sánchez pensó en el miedo de la gente a la oscuridad y sus habitantes; a pesar del pueblo desierto, Fray Sánchez sentía que nada sobre la tierra podía amedrentarlo. Sabía bien que todo mal es nimio frente al más leve tormento del infierno, y que todo enemigo es despreciable en comparación con el único enemigo absoluto: la creatura innombrable que constituía la causa de sus penurias, el alimento de sus acciones y el comienzo y fin de sus todos sus temores.
El cuarto era austero y frío. Sólo el breve lecho, un baúl y una rústica mesa para los manuscritos. La única ventana daba hacia los escarpados precipicios del poniente y hacia un cielo sin luna en el que se adivinaban gruesas nubes moviéndose con el viento helado. El techo era tan alto, que la luz del candelabro no lo alcanzaba del todo, quedando un cielo oscuro sobre el límite oscilante de las velas. Disponiéndose a dormir, Fray Sánchez recordó la hoguera reciente y también muchas otras que a pesar del tiempo transcurrido continuaban ardiendo en su memoria. Él tuvo que cargar su cruz y morir por nosotros; yo en tanto, he tenido que cargar la cruz de tener que matar por Él. Los caminos del Señor son insondables, pensó con amargura.
Al buscar la tibieza del lecho, Fray Sánchez sintió la molestia creciente en boca y garganta. La sed lo asaltó tan rápido como el recuerdo de las llamas. No tenía agua en el cuarto; debió volver a cubrirse con el hábito y encender nuevamente el candelabro para salir al pozo a buscar agua. Sintió frío apenas se asomó al pasillo. El viento hacía crujir las vigas del techo; la luz de las velas resbalaba por las antiguas y frías piedras de los muros. Fray Sánchez avanzó a lo largo de la galería. Las puertas de los cuartos cerradas, el interior silencioso. Pensó en sus hermanos, todos durmiendo a esa hora, pero no pudo dejar de estremecerse al darse cuenta de que bien podrían haberse marchado en su ausencia o haber muerto sin ruido acostados en sus lechos. Fray Sánchez se sintió irremediablemente solo en la inmensidad ajena de corredores oscuros y cuartos cerrados y, con pesar y sorpresa, sintió miedo. Un miedo de niño en la oscuridad, de salvaje frente a la primera hoguera. Se reprendió entonces a si mismo: “Estoy en la morada de Dios, no hay nada en el mundo a lo que deba temer.” Sin embargo el miedo siguió ahí: profundo, oscuro e inexplicable. Miedo de piernas débiles, escalofríos en la espalda y oído agudo, percibiendo con todo el cuerpo cada crujido del monasterio y cada latido del corazón acorralado en su pecho.
En medio de la profundidad oscura del pozo de su miedo, Fray Sánchez pudo encontrar la tranquilidad para entender lo que ocurría. Había solo una cosa en el mundo que podía provocarle ese terror. Sin buscar mayores explicaciones, conformándose con la evidencia del presentimiento irrevocable, Fray Sánchez comprendió que lo encontraría al torcer la esquina de la oscura galería. Luego de buscarlo durante setenta y seis años y después de luchar incansablemente contra sus sombras en la tierra, supo que estaría esperándolo en ese rincón escondido del antiguo monasterio. Lo imaginó oliendo a azufre, acechando en un espacio de fuego oscuro. Lo imaginó con alas rotas de ángel desterrado, con una mirada insostenible que contendría todos los terrores del mundo. Lo imaginó de todas las formas posibles, construyéndolo con leyendas inmemoriales y moldeándolo en su mente con la sustancia amarga de sus peores pesadillas. Sus pasos se hicieron cada vez más cortos acercándose al fondo, donde el pasillo torcía a la izquierda y la mirada se hacía imposible. Fray Sánchez se encomendó a la Santa Trinidad y en el último momento intentó recordar como había sido el mundo hasta entonces. Creyó notar un resplandor rojizo iluminando el recodo de la galería. Creyó escuchar un rugido en medio del viento. Dobló conteniendo la respiración y al no ver nada, apartó el candelabro de su rostro. Todo estaba igual que siempre en ese rincón del monasterio. Una banca de rústica madera blanca enfrentando el patio interior, y al fondo, contra la pared, el espejo bruñido en plata de los reyes infieles, reliquia de gestas heroicas. Se dio cuenta que él era la única alma en ese rincón del edificio. Nada al frente con tridentes, ningún fuego eterno, ningún aroma a azufre.
Empezaba a respirar más tranquilo cuando lo vio. Resignado, comprendió entonces que se había equivocado desde el comienzo al buscarlo en pueblos olvidados y cavernas malditas; comprendió que lo había tenido a su alcance durante setenta y seis años sin siquiera sospecharlo. Con asombro y terror infinito, se detuvo a contemplarlo. A la luz vacilante de las velas, pudo por primera vez mirarlo de frente. Al otro lado del espejo y desde el fondo de sus propios ojos, el enemigo le devolvió la mirada.

Miguel Ángel Labarca

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: