El Escribidor.

Martes, 20 junio 2006

Mi papá, el departamento, la navidad y el gato.

Filed under: Mis CUENTOS — Miguel A. Labarca D. @ 11:41 am

Este cuento es en parte autobiográfico y, por lo tanto, es divertido. Pero, de alguna forma todos son autobiográficos. Como dice Varguitas, un striptease al revés. En éste quedo bastante en pelota, pero todo sea por los lectores. Dedicado a todos quienes hayan decidido y concretado abandonar el nido y correr hacia lo desconocido.

Leer el cuento en PDF.

MI PAPÁ, EL DEPARTAMENTO, LA NAVIDAD Y EL GATO.

— ¡Por favor!… domestícame —dijo el zorro.
— Me gustaría —contestó el principito—, pero no tengo mucho tiempo.

Son ya casi tres años, pero lo recuerdo perfecto. Faltaban dos semanas para navidad la mañana en que mi papá entró a la cocina sin golpear la puerta. Me pilló sentado en la mesa del desayuno, con el diario del domingo abierto en la sección “Propiedades”. Yo tenía un destacador en una mano y una calculadora en la otra. En las hojas del diario ya había hecho algunas marcas amarillas.
— ¿Qué estás haciendo? —me preguntó mi papá sacando un pan de la panera y el cuchillo para cortar el pan del cajón de los cuchillos.
— Estoy viendo departamentos —le dije.
— ¿Viendo departamentos? —. Mi papá parecía realmente sorprendido—. ¿Y para quién?
— Para mí.
Como mi papá se quedó en silencio, tuve que agregar trabajosamente:
— Lo que pasa es que estoy pensando en irme a vivir… solo.
No sé cuanto tiempo se habrá quedado ahí, mirándome. Sólo sé que fue suficiente como para dejar el lápiz y la calculadora sobre la mesa, cerrar el diario y tratar de guardarlo en mi mochila, sintiendo ese escalofrío de culpa en el cuello, como cuando era chico y mi papá me miraba así mismo después de haber roto un vaso o perdido una parka; y yo quería esconderme, o irme, para no seguir sintiéndome estúpido y culpable. Así me miró esa mañana antes de dejar el cuchillo del pan sobre la mesa, tirar el pan de vuelta a la panera y desaparecer para siempre de la cocina.
Al rato llegó mi mamá. Yo ya había guardado el diario.
— ¿Miguelito? —me preguntó—. ¿Es verdad lo que me dijo el papá?
— ¿Qué te dijo?
— Qué te vas a ir de la casa.
— Sí. Es verdad —le dije.
Me miró con cara de pena, pero comprensivamente. Como diciendo sí, es cierto que rompiste un florero, pero vamos a ver si podemos juntar las piezas y pegarlo de vuelta. Me sentí obligado a explicarle.
— Quiero ser escritor, mamá. Y en esta casa, nunca voy a poder ser escritor.
— Tienes razón —dijo ella—. Pero le deberías haberle avisado a tu papá antes.
Esa misma tarde encontré lo que sería mi departamento. Llevaba dos fin de semanas viendo departamentos, pero hasta el momento no había encontrado nada digno de llamar “mi departamento”. Todo lo que veía eran piezas vacías, papeles murales sucios, ampolletas peladas y cocinas sin cocinas. No sé si por falta de imaginación, o costumbre, o las dos cosas juntas, nunca he podido imaginar muebles en piezas vacías, ni cuadros en paredes peladas, ni menos lámparas en soquetes guachos; así que cuando entré a mi departamento y vi una alfombra en el suelo, un sillón al fondo y una lámpara en el techo, miré a la Soraya que me había acompañado ese día, y le dije:
— Bienvenida a mi departamento.
— ¿En serio, Mitch? — preguntó ella.
— En serio —le dije mientras me dejaba caer en el sillón, que se quejó algo, pero aguantó el peso con dignidad.
Con mi papá no nos hablamos por un año. Pero eso fue después; la primera vez sólo estuvimos sin hablarnos una semana y media. Después mi mamá nos obligó a hacer las pases y a cenar juntos, para tener una navidad “como Dios manda”. A pesar de lo anterior, debo aclarar que mi familia, o sea, mi papá, mi mamá y yo, nunca habíamos sido muy navideños. Cuando yo era muy chico, mis papás se daban la lata de armar arbolitos y poner los regalos a las doce, pero apenas crecí un poco, tuve que empezar a armar el árbol yo mismo, y los regalos los poníamos antes de navidad, a medida que iban llegando a la casa. Mi papá decía que la navidad era una fiesta de los comerciantes y del consumo, y que además hacía un calor de mierda, y habían tacos, y toda la gente andaba empujándose, así que le dejaba al resto el show, pero que él no gracias, no tenía interés en participar de la tontera colectiva.
Un año, no recuerdo por qué, me dio lata armar el árbol (un árbol horrible, de apariencia marciana que se deshilachaba y dejaba la alfombra con una capa de pequeños plásticos plateados). De ahí en adelante optamos por la solución más práctica, que era enredar las lucecitas en las plantas de interior de mi mamá que crecían como selva monzónica. No nos demorábamos ni dos minutos en tener un impresionante ficus navideño.
Así que pasé la navidad con mis padres. En lo de celebrar “como Dios manda” supongo que mi mamá tenía razón, porque lo único que hicimos durante la cena fue mirar la bendición papal en el Vaticano. Yo trataba de romper el silencio comentando lo grande que era la basílica de San Pedro, o lo viejo que estaba el Papa. Mi mamá se preguntaba en voz alta que cómo harían para seleccionar a los niñitos que le entregaban regalos al Santo Padre. Pero mi papá no participaba de la conversación. Se limitaba a pedir los espárragos, a decir que el roast beaf estaba recocido, a pedir vino o a comentar entre dientes que los católicos si que sabían como gastar plata en fiestas.
Cuando terminamos de comer, mi mamá sugirió que saliéramos a dar una vuelta para tomar aire fresco. Era una costumbre que ellos tenían. La digestiva vuelta a la manzana después de cenar.
Salimos en silencio y caminamos hasta la esquina de Echenique. Todavía faltaba para que llegara el viejito, así que las calles estaban limpias de niños tratando de romper por primera vez sus juguetes. Cuando nos devolvíamos, apareció. Llegó corriendo sigilosamente, salido de ninguna parte. Un gato chico: un cachorro de gato. Peludo, amarillento, con algún ascendiente de tigre. Se paró junto a nosotros tres y comenzó a maullar. Como no teníamos mucho que decirnos entre nosotros, nos resultó más fácil hablarle al gato. Así que le hablamos mientras caminábamos, preguntándole que qué hacía en la calle a esa hora, diciéndole que se fuera para su casa y ese tipo de cosas estúpidas que uno conversa con animales desconocidos. El gato nos siguió hasta la entrada de la casa. Le dijimos chao y él se quedó sentado en la vereda, mirándonos con ojos tristes.
Esa noche me desvelé. Leí hasta tarde, pero cuando traté de dormir, me di cuenta que desde mi pieza se escuchaba el llanto del gato en la calle. Me asomé por la ventana y le grité que se callara. Me hizo caso, pero cuando volví a cerrar los ojos comprendí que había sido peor, que su silencio era aún más terrible, porque yo sabía que seguía sentado en la vereda. Así que seguí sin dormir, escuchando incómodo el silencio del gato en la tibieza del desvelo, hasta que amaneció con el canto de los pajaritos adelantados y la cortina se empezó a iluminarse, primero casi azul, luego roja y luego amarilla con el sol recortándose sobre las montañas. Recién entonces me dormí, pero no por mucho rato. A las nueve de la mañana entró mi papá a la pieza, reclamando por el desorden y los zapatos tirados en el suelo y preguntándome que si acaso pensaba dormir hasta el otro día, que mejor me levantara y ordenara ese chiquero en el que me gustaba vivir; y que después tratara de ayudar un poco con la casa y regara el pasto antes de que empezara el calor.
A veces pienso que las grandes decisiones en la vida se toman por razones que no nos atreveríamos a confesarle a nadie. Conozco muchos que decidieron su carrera pensando en las compañeras que tendrían. O su trabajo por el número de cafés gratis que los dejarían sacar de la máquina expendedora. Yo, sin ir más lejos, había elegido mi futuro hogar por un sillón y una alfombra. Las verdaderas razones de la gente son siempre estúpidas e incomprensibles. Por eso inventamos explicaciones profundas y rebuscadas, sólo para justificarnos ante el incompresivo y lógico resto del mundo. Mientras estiraba la manguera, me di cuenta que no me iba de la casa de mis papás para ser escritor. Me di cuenta que tampoco me iba porque mi papá fuera insoportable o por querer ahorrarme la hora diaria de micro y frío desde La Reina al trabajo. Me di cuenta que la verdadera razón de mi partida era el pasto. Yo siempre odié, y seguía odiando, regar el pasto. Odiaba perder el tiempo, odiaba la estupidez de la tarea, la falta de regadores automáticos, su recurrencia enfermiza en verano, pero, más aún y por sobre todo lo anterior, odiaba que me mandaran a regar el pasto. Tal vez la historia de mi vida podría resumirse en una lucha sin renuncia para no tener que regar nunca más el pasto, pensé desenrollando la manguera. Tan absorto estaba, que tardé en darme cuenta de que el gato seguía ahí. Había cruzado a la vereda del frente y me miraba con curiosidad y recelo, tal vez presintiendo la proximidad del agua.
— Hola, gato —le dije.
— Meau —dijo él.
No alcanzamos a hablar nada más, porque llegó un auto y se estacionó frente al gato. Del auto se bajó una niña con pinta de primer año de universidad con un tipo que parecía su pololo. Prácticamente se tiraron encima del gato.
— ¡Tommy! —dijo la niña emocionada—. ¿Dónde te habías metido?
La respuesta era bastante obvia teniendo en cuenta el lugar donde lo habían encontrando, así que el gato —ahora Tommy— no trató de explicar nada. Simplemente dejó que lo tomaran en brazos y se fue en el auto de la niña y su pololo, que se despidieron de mí con una sonrisa amable, dejándome sólo con la manguera y el pasto.
Al día siguiente, cuando volví del trabajo, me tropecé con el gato que dormía sobre el felpudo, en la penumbra de la puerta principal. Adentro mis papás comían, mirando las noticias.
— El gato está en la puerta —comenté sentándome en la mesa.
— Llegó en la mañana —dijo mi mamá—. Tu papá le tiró agua para que se fuera, pero volvió.
— Ese gato va a llenarnos de pulgas —dijo mi papá subiendo el volumen para escuchar mejor las noticias.
Durante esa semana, los dueños del gato, o Tommy, como les gustaba decirle, hicieron otros dos intentos por recuperarlo. La última vez fue mi mamá la que estaba regando, y el gato, que ya le había perdido el miedo a la manguera, la vigilaba desde el porche. Llegó un chico joven, contó mi mamá, y le preguntó si el gato era de ella.
— No —dijo mi mamá—. Llegó solo.
— Es que se parece a Tommy —dijo el chico joven—. El gato de mi hermana.
— Llévatelo —dijo mi mamá.
El chico joven lo llamó y Tommy fue corriendo a sus brazos.
— ¡Es Tommy! —dijo él—. Mi hermana va a estar feliz.
— ¿Lo quiere mucho? —preguntó mi mamá.
— Sí. Ha estado llorando todos éstos días —explico el chico joven—. Lo que pasa es que se lo regaló su pololo… y como terminaron hace poco, le trae recuerdos.
— Claro —dijo mi mamá, comprensiva —. Saludos a tu hermana.
— De su parte —dijo el chico joven —. Muchas gracias.
Se subió al auto con el gato en el hombro y partió. Recuerdo que esa día era treinta, porque mi papá, a la hora de comida, sugirió que al día siguiente podíamos ir a pasar el año nuevo a Valparaíso, para ver los fuegos artificiales. Decliné la invitación de la mejor manera posible. Expliqué que el treinta y uno me entregaban el departamento, así que no podía estar fuera.
— ¿Realmente vas a hacer esa estupidez? —preguntó mi papá poniendo el televisor en “mute”.
— Ya lo tengo arrendado —le dije—. Me tengo que ir mañana.
Mi papá me miró por un rato muy largo. Mucho más largo que en la cocina, mucho más largo que nunca antes. Yo lo miré de vuelta. Mi mamá miró su plato de comida. Después tomó el control remoto, meneó la cabeza, suspiró, le subió de vuelta el volumen a las noticias y no me volvió a dirigir la palabra hasta la navidad siguiente.
El gato volvió la tarde del treinta y uno, cuando me despedía de mi mamá en la puerta de la casa. Después de almuerzo había echado mi ropa en un bolso grande y había llenado otra mochila con lápices, cuadernos y los libros indispensables. Mi mamá me abrazó, me arregló el pelo y me dijo que me cuidara. Mi papá regaba el jardín de atrás. Tomé mis bolsos y salí al porche. El gato, estirándose, nos saludó con un “meuu”. Mi mamá sonrío.
— Pierdo un hijo, pero gano un gato —dijo.
— Trata de que no lo hagan regar el jardín —dije yo, tratando de reírme.
— Ya le van a tratar de enseñar, no te quepa duda —dijo ella—. No te pierdas. Ven a vernos.
Hice chao desde la reja y caminé a esperar la micro. La vereda estaba llena de caracoles que se arrastraban hacia el pasto húmedo.
Tuve que esperar mucho rato en el paradero. Esa noche era el año nuevo y supongo que nadie quería seguir manejando micros. En el edificio encontré al conserje esperándome en la puerta con las llaves del departamento en la mano y una sonrisa mentirosa en la cara. Dejé mis bolsos sobre el colchón en el suelo, y me senté en el sillón sin nada más que hacer. Como a las once y media la gente comenzó a caminar por las calles y yo fui a la esquina a comprar una champaña tibia que descorché solo, en el balcón, justo a las doce, mirando el pedazo de fuegos artificiales que no me tapaba el edificio del frente y brindando con mi reflejo en el ventanal.
— Año nuevo, casa nueva —pensé tomando el primer trago de la botella y sirviendo otro poco en un tazón sopero—. Feliz año nuevo.
Pasó un año y las cosas siguieron más o menos igual. Cierto es que no me convertí en escritor, ni renuncié a mi trabajo ni a los cafés que sacaba gratis de la Vendomática, pero no es menos cierto que nunca más en mi vida volví a regar nada. Ni siquiera la planta que dos compañeras de colegio me regalaron para la inauguración oficial del departamento, en Marzo. La puse en el balcón tal como me la entregaron, con macetero decorativo y tarjeta de buenos deseos y ahí la dejé secarse, sin remordimientos. Cuando ya era un palo amarillo, la metí adentro de una bolsa y la tiré por el hoyo del incinerador.
Mi mamá me pasaba a ver una vez a la semana para llevarme comida y noticias de la casa. Que el papá estaba bien, que los vecinos más viejos, y que el gato había crecido y se había convertido en un tigre flaco que dormía todo el día para salir de farra a la noche y volver lleno de tajos, pedazos de oreja menos y un malestar generalizado que solo se curaba durmiendo al sol y tomando leche tibia dos veces al día, cuando el papá estaba ocupado regando. A comienzos de diciembre comenzó a preparar el ambiente para tener otra navidad como Dios manda. Podríamos preparar algo rico y comer los tres en la casa, me dijo. A ver si aprovechas de haces las pases con tu papá.
— Yo no estoy enojado con mi papá —le aclaré—. Es él que no quiere hablarme.
— Le pregunté lo mismo a él —dijo ella de vuelta—. Y él dice que no está enojado contigo. Que eres tú el que no le hablas.
Así que volvimos a tener una navidad como Dios manda. Creo. El ficus de mi mamá seguía creciendo, así que las lucecitas ya llegaban a la altura de las vigas del techo. Mi mamá hizo un roast beef que mi papá encontró crudo y hubo que poner al microondas hasta que quedó seco y duro. En el Vaticano nada había cambiado demasiado. Los tres coincidimos en que el Papa estaba demasiado viejo para seguir siendo Papa y, claro, la basílica de San Pedro seguía siendo enorme, pero los niñitos que entregaban regalos al parecer eran otros.
Me acosté después del paseo por la cuadra y encontré que la cama era muy blanda, la pieza muy grande, y que no me acostumbraba a dormir sin escuchar las bocinas de los autos y los motores de las micros pasando por Providencia. A las cinco de la mañana me despertaron los pájaros cantando en la ventana. No pude volver a dormir.
A las diez entró mi papá a la pieza. No se tropezó con ningún zapato, pero encontró que había mal olor, así que abrió la ventana y me preguntó que hasta qué hora pensaba seguir acostado, que mejor me levantara y tratara de ayudar en algo, que el gato ya había vuelto y estaba en la puerta de la cocina, así que mejor me vistiera y le fuera a llenar el plato con esa comida hedionda que tu mamá insiste en comprarle. Salió de la pieza diciendo que él tenía que estar en todo, porque si no se preocupaba, esa porquería de animal era capaz de morirse de hambre en la puerta.
Me senté en la cama tratando de enfocar la vista para buscar mis zapatos. Pensé que al final no era tan grave que me despertaran para alimentar al gato. Por lo menos no me había tocado regar el pasto.

Miguel Ángel Labarca

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1 comentario »

  1. ….invariablemente, asi deben ser las retiradas del hogar, hacia la independencia total…..los silencios incomodos, las recriminaciones, el chantaje sentimental y demas artimañas usadas para “protegernos”….yo lo hice a los 19 años, me fui de la ciudad a estudiar una carrera que no se impartia en la universidad de mi ciudad…..ya ha pasado una decada de eso, y no me he arrepentido de haber tomado esa decision…..tuve muchas incomodidades, pero reforzo mi caracter…….gracias por tu cuento – anécdota, recordo un poco mi pasado.

    Comentario por Lilian — Lunes, 11 septiembre 2006 @ 2:54 pm | Responder


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