El Escribidor.

Miércoles, 28 junio 2006

Felipe y el Helicóptero.

Filed under: Mis CUENTOS — Miguel A. Labarca D. @ 7:51 am

Cuento fantástico y fantasticamente bien intencionado. Se me ocurrió cuando le fui a cuidar el departamento a mi amigo Felipe, por eso el homenaje con el nombre del personaje. A Felipe no le gustó, pero creo que es el cuento preferido de mi mamá. Así que me puedo dar por satisfecho.
Felipe es un niño que pasa casi todo el día solo en el departamento en el que vive con su madre. Hasta que un helicóptero comienza a visitarlo. Dicen que los niños tienen demasiada imaginación. Podría ser el caso de Felipe. O tal vez no. Léanlo ustedes mismos.

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F E L I P E Y E L H E L I C Ó P T E R O

La primera vez que lo vio, Felipe estaba ordenando sus autos en la alfombra del living. El sonido parecía salir del estómago, con una vibración que llegaba y seguía, cada vez más fuerte.
Felipe dejó los autitos en el suelo y se asomó al balcón. Al empujar la puerta-ventana transparente, pudo identificar el ruido y asociarlo a la forma que se movía en el aire. Nunca había visto uno tan cerca. El balcón se abría hacia el sur, hacia los techos brillantes y la ciudad plana a las dos de la tarde. Parecía como si pudiera tomarlo estirando la mano, igual que un pez en un acuario. Lo miró ir y volver sobre las casas y las calles; recortarse en reflejos de sol contra la cordillera. El helicóptero hacía ahora una curva más grande que las anteriores, moviendo con su viento propio las copas de los árboles del parque. Se acercaba en línea recta hacia Felipe, que abrió la boca para no ahogarse de asombro cuando el helicóptero se detuvo un instante frente al balcón, apenas meciéndose en las olas del viento, separado de Felipe sólo por el tornado ruidoso que se metió primero en los ojos abiertos de Felipe y luego en el balcón, haciendo volar los pañitos de la mesa, tirando contra el vidrio los móviles de cerámica, rompiendo las hojas de las plantas, sacando la tierra de las macetas y haciendo que las toallas azules aletearan con fuerza, como si también quisieran salir volando y llevarse con ellas el colgador, los muebles de mimbre e incluso a Felipe, que no podía apartar los ojos del helicóptero y el casco y los anteojos negros del piloto, que pareció saludarlo con la cabeza un momento antes de dar un tumbo a la derecha, volver a elevarse y desaparecer para siempre a un costado del edificio.

– Cuando caen, caen como una piedra. Caes durante varios segundos. Y lo único que puede hacer es rezar, porque entonces sabes que vas a morir.
— ¿Eso fue lo que pasó?
— Sí. No saben por qué, pero dicen que el motor simplemente se detuvo.
– Lo lamento.
(El teléfono había sonado poco después de almuerzo. Recién entonces, Alicia se dio cuenta que llevaba ocho años esperando ese llamado. El miedo podía esconderse y hasta confundirse con los miedos chicos de la rutina. Pero nunca se iba. Estaba ahí cuando partía, dejándola sola, o embarazada, o con Felipe en la cuna o en el jardín. Estaba ahí cuando comenzaban las noticias, cuando veía pasar un pájaro por la ventana, cuando miraba la calle desde el balcón. Y trataba de olvidarlo porque era un trabajo como cualquier otro, y andar en auto también es peligroso, Alicia. Por eso, cuando sonó el teléfono y le habló alguien que no conocía para decirle que su esposo había tenido un accidente y debía ir al hospital cuanto antes y que lo lamentaban mucho, Alicia no tuvo que seguir escuchando para saber lo que vendría. Nada quedaba cuando se iba el miedo.)
– Gracias. Ha pasado tiempo. Pero para él no sé. Era muy chico cuando pasó.
– ¿Alguna vez han hablado del tema?
– No. Él no pregunta mucho. A veces mira las fotos, juega con las medallas, esas cosas. Pero casi siempre está con sus autos. Sus autitos. Tiene muchos, y está horas ordenándolos, mirándolos. Pero ahora no sé. Es raro que le pase eso.
– No, Alicia. No es raro en lo absoluto. Felipe es un niño totalmente normal. Tiene problemas, como todos los niños, y cosas que le cuesta enfrentar. Igual que todo el mundo. Tal vez pasa mucho tiempo solito y guarda muchas cosas adentro que no comparte con nadie. A lo mejor Felipe necesita un poco más gente a su alrededor. Tener más amigos, jugar con otros niños. Es perfectamente normal que un niño de su edad confunda la realidad con la fantasía. O invente historias para llamar la atención de su mamá. Trate de conversar con él. Explíquele que hay cosas que debemos aceptar aunque nos cueste.
– Entiendo –dijo Alicia–. Gracias.
– De nada, Alicia, no te preocupes. Conversa con Felipe, dedícale tiempo. No lo hagas sentir culpable de lo que siente.

Felipe subió pensando en el helicóptero. Marcó el piso más alto y esperó, viendo su imagen multiplicarse hasta el infinito en los espejos paralelos. Recién lo había llamado a su mamá al trabajo. Felipe le dijo que ya tenía listas las tareas, así que ella no tuvo problemas en que subiera a la piscina, siempre que no se ponga mucho rato al sol ni se enfríe al salir del agua. Felipe había dicho “sí, mamá” y había partido a buscar la toalla.
La claridad del último piso lo encandiló al salir a la terraza. Soplaba un viento de alturas y la ciudad se veía ocho pisos más chica que desde el balcón de su departamento. Buscó una hamaca desocupada y estiró la toalla pensando en lo bueno que hubiera sido tener ahí alguno de sus autos. Le habría gustado traerlos, pero no le gustaba que otra gente lo viera jugando. En la parte baja de la piscina, se encontró con Eduardo, que buceaba con el snorquel y las gualetas que le habían regalado para el cumpleaños.
– Eduardo. ¿Viste el helicóptero?
– ¿Qué helicóptero? –Eduardo chorreaba agua del pelo y mocos de la nariz.
– Un helicóptero que pasó volando a este lado, como a la hora de almuerzo. Yo salí a mirar y el helicóptero paró frente a mi balcón.
– No sé. No lo vi. Parece que estaba viendo tele a esa hora.
– ¿No lo escuchaste tampoco?
– No. ¿Cómo sonaba?
– Fuerte. Y tiraba viento. Voló todo el balcón.
Felipe se quedó un tiempo con Eduardo, sentado en el borde, viéndolo bucear por el fondo. Le pidió prestada la máscara, pero Eduardo no podía prestársela. “Mi papá no me deja”, le explicó.

El conserje corrió a abrir la puerta cuando vio llegar a Alicia.
– ¿Cómo se ha portado Felipe? –preguntó ella.
– Bien señora –dijo él–. Lo vi en la piscina hace un rato.
Alicia le agradeció con una sonrisa y el conserje le entregó un sobre con una cuenta y le deseó buenas noches.
Felipe estaba tirado de guata en el suelo del living, jugando con los autos. Se levantó a saludarla con un abrazo y le contó que el helicóptero había venido de nuevo.
– Dio unas vueltas y después vino para acá y se paró en el balcón y voló todas las cosas.
– Ya vamos a hablar de eso, Felipe –dijo ella caminando hacia la cocina–. ¿Te gustaron los fideos?
– Estaban ricos. Pero la salsa explotó un poco.
– Por eso hay que calentarlos tapados.
– Oye mamá –dijo Felipe.
– ¿Qué?
– También vi al piloto. Usaba un casco. Y anteojos.

Felipe volvía del colegio en un furgón amarillo lleno de niños y niñas de uniforme. Se sentaba cerca de alguna ventana, sin participar de los gritos y las peleas de los otros. Al llegar al edificio, la tía se quedaba con el furgón detenido frente a la puerta, hasta que el conserje abría la reja y Felipe podía entrar caminando lento, arrastrando un bolso grande y pesado. El conserje lo saludaba y preguntaba siempre las mismas cosas: que como había estado el colegio, que si traía muchas tareas, que si se había portado bien. Felipe contestaba sin muchas ganas mientras caminaba hacia el ascensor. Luego los treinta segundos de los diez pisos y entrar al departamento vacío con las llaves que llevaba enganchadas al pantalón, para que no se perdieran.
No le molestaba pasar las tardes solo. Siempre había tías que se sorprendían y decían que no podía ser que un niño chico pasara tanto tiempo solo en un departamento. Pero hacía tiempo que Felipe había dejado de ser un niño chico. Un niño chico no se calienta la comida ni sabe hacer las camas, decía su mamá. Además, prefería estar solo que tener una nana, como los otros niños del edificio. Las nanas sólo podían servir para molestar, para meterse en lo que no les importaba, para preguntar cosas y mandar a limpiarse los pies o lavarse las manos. A veces pensaba que era mucho mejor tener un papá que una nana. Los otros niños estaban todo el día con sus nanas, pero los fines de semanas aparecían los papás y los sacaban a jugar fútbol o a comer hamburguesas. Felipe en cambio, se tiraba en la cama a ver las películas que su mamá traía. Ponían cojines en el respaldo y llevaban bandejas con pizzas o panes con palta. Veían películas hasta que se hacía de noche. A Felipe le gustaban las de ciencia-ficción o cualquiera en que mostraran autos chocando o robots. Sin embargo, a veces igual pensaba en que también hubiera sido bueno salir a jugar fútbol los domingos.

Alicia odiaba la compasión de la gente. Porque nadie podía saber tanto de otra persona como para creer que la comprendía. “Te entiendo, Alicia,” decían. “Sé como te sientes,” decían. Pero nadie podía entender ni saberlo. La gente creía que el dolor era como una enfermedad de la que había que arrancar y esconderse. Y decían: “deberías salir, distraerte, conocer gente.” Y ella los miraba en sus sonrisas obligadas, en sus pequeñas alegrías de fin de semana, y sentía que no tenía nada que envidiarles. Porque ellos podían vislumbrar el dolor, imaginar lo que era despertar sola pensando que había sido un sueño, llorar encerrada en el baño para no despertar a Felipe. Y creerse muy buenos con sus frases de consuelo y sus miradas comprensivas. Pero lo que nunca llegarían a imaginarse ni a saber era la forma en que las las lágrimas lavaban la desesperación y se llevaban la rabia. Como, después de los años, se llegaba a aceptar la ausencia con la resignación con que se acepta a un pariente enfermo. Ir a trabajar en calma, ver a Felipe por las tardes y darse cuenta que la gente nunca entendería que la paz de la tristeza sin esperanzas podía parecerse extrañamente a la felicidad.

– Felipe. Quería que habláramos de ese helicóptero.
– Ya. Conversemos.
– ¿Dices que hoy vino de nuevo?
– Sí. Por eso se volaron los pañitos de la mesa y las toallas que habías colgado.
– Ya me dijiste. ¿Cómo era? ¿Grande o chico?
– Grande. Verde. Con una hélice gigante y una venta adelante.
– ¿El mismo de siempre?
– Sí.
– El mismo que nadie más ha visto. ¿No te parece raro?
– Es que todos ven tele a esa hora. Además, nadie mira por la ventana.
– Pero si fuera un helicóptero tan grande como dices que es, metería mucho ruido, y la gente igual lo vería.
– A lo mejor también lo han visto, pero nadie dice nada.
Alicia lo miró y trató de sonar calmada al contestarle.
– Mira Felipe, creo que ya estuvo bueno. Mañana cuando vuelva, no quiero escuchar hablar de ningún helicóptero, ni ver el balcón desordenado ni las cosas tiradas. ¿De acuerdo?
– Pero si es verdad.
– Te hice una pregunta, Felipe. ¿Estamos de acuerdo?
Felipe asintió en silencio mirando al suelo. Alicia lo abrazó y le dio el beso de las buenas noches. Apagó la luz al salir de la pieza y sintió que Felipe decía algo despacio, como comenzando a dormirse.

Pero al día siguiente Alicia notó que el helicóptero había vuelto. Felipe no lo mencionó, pero los paños que cubrían las mesitas del balcón estaban puestos en desorden, y las sábanas que había dejado colgadas secándose, ahora estaban sobre la silla de mimbre, sucias y arrugadas. Las hojas de las plantas se veían caídas y los móviles de colgaban sin gracia, totalmente desencajados.
Alicia ordenó las cosas sintiéndose culpable. A lo mejor era cierto que pasaba mucho tiempo solo, encerrado en su mundo, inventándose cosas que no compartía con nadie. Tal vez tenían razón cuando decían que su hijo no merecía cargar con su luto, cuando sus amigas le pedían que se diera cuenta, que ese niño necesita otras cosas, un papá, hermanos, amigos. Alguien que lo acompañe cuando quiera hacer cosas de niño, alguien que lo saque al parque, que lo lleve al estadio. No puede seguir siempre solo, o al lado tuyo.
Cuando volvió a entrar, vio los ojos húmedos fijos en ella, esperando alguna pregunta.
– Vino de nuevo ¿cierto?
Felipe no contestó, pero la volvió a mirar como pidiendo ayuda. Alicia lo vio más pequeño y silencioso que nunca, aguantando las ganas de llorar.
– No importa –le dijo abrazándolo–. No importa.
Sintió la frente hirviendo contra sus labios, volvió a mirarlo y entendió el aire de desamparo.
– ¿Cuánto tiempo te quedaste ayer en la piscina?
– Un rato no más.
– Estas con fiebre. Vamos a acostarte.
Se quedó sentada a los pies de la cama mientras Felipe se quejaba. Tuvo pesadillas durante horas. Hablaba dormido. Despertaba con los ojos hinchados, mojado en las sábanas.
– En serio vino –decía–. En serio que vino, mamá.
– Vas a estar mejor –decía ella tocándole la frente–. Mañana te vamos a llevar al doctor. Ya va a pasar.
Recién con las primeras luces de la madrugada, Felipe logró el sueño tranquilo. Al empezar la mañana, Alicia se levantó para llamar al trabajo y avisar que su hijo estaba enfermo y se las tendrían que arreglar sin ella. Luego volvió a la pieza y se tendió junto a él, a recuperar el sueño perdido.
Despertó con el sol alto en la ventana y el cielo. Felipe había abierto los ojos, pero seguía a su lado, sin moverse. Alicia no recordaba haber dormido tan bien en años. El cuerpo le pesaba y había soñado, pero no recordaba qué. Se levantó a mirar el reloj del pasillo y, con sorpresa, vio que eran casi las cuatro de la tarde.
Entonces lo sintió. Como un presentimiento latiendo en el estómago. Parecía venir de todos lados a la vez. No hacía frío, pero igual envolvió a Felipe en la frazada para sacarlo al balcón. Sintió del frío de las baldosas en los pies descalzos, y vio los techos de la ciudad brillando con los reflejos del sol. Pensó decir algo, pero entendió que no sería necesario. Felipe la abrazaba con fuerza y el helicóptero ya se recortaba contra la cordillera.

Miguel Ángel Labarca

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1 comentario »

  1. Igual me gusto mas esa vez que la lei… a lo mejor tienes que ser mas maduro para apreciarlo, o puede ser que hecho de menos aquel depto.
    Para balancear podrias postear pronto el cuento “Punto Focal” … uno de mis preferidos y que se que a tu madre no le gusto mucho.

    Comentario por Dunga — Miércoles, 28 junio 2006 @ 8:45 pm | Responder

  2. Qué divertido que te acuerdes de “Punto Focal”, la verdad es que no lo tengo siquiera calificado como cuento. Dentro de mi proceso de edición y autocensura, tengo dos carpetas una que dice “cuentos” y otra que dice “intentos”. Para pasar de “intentos” a “cuentos” tienen que gustarme por un tiempo significativo y gustarle a un grupo de gente significativo (básicamente a mi mamá, a mi abuelita, a un par de amigos y a Samir). Tal vez mis errores son más de selección que de escritura. Tal vez si descartara lo que encuentro bueno y divulgara lo que encuentro malo sería tan famoso y millonario como Dan Brown. En una de esas, nunca se sabe.

    Comentario por Mitch Gómez — Miércoles, 28 junio 2006 @ 9:11 pm | Responder


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