El Escribidor.

Viernes, 29 septiembre 2006

La hermética parábola del celular perdido.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 11:47 am

El templo por fuera. Yo entré por otro lado.

Necesitaba una cámara mini-DV para bajar el material del corto que grabamos el sábado al computador y comenzar a editarlo. José Miguel me llama el lunes en la tarde-noche y me dice que puedo ir a buscar la suya en ese momento. Tenía que comer con mis papás en poco rato, así que partí apurado, con lo puesto. Y lo puesto era mi pijama y un pantalón de buzo. Los buzos son muy cómodos, pero es una mala idea usarlos en la vía pública porque no tienen bolsillos confiables.
Me explico: los bolsillos de un pantalón forman parte del equipamiento con que un peatón enfrenta la vida. Mi sistema es: billetera en el bolsillo de atrás, celular en el bolsillo derecho, llaves en el izquierdo. Y mi reflejo condicionado al salir de cualquier parte es tocar billetera, tocar celular, tocar llaves. Lo hago como quien se tapa la boca al estornudar o se limpia los pies al entrar.
Pero el buzo es cosa distinta. El buzo se desparrama y vomita sus bolsillos sobre cualquier parte. Por eso la gente que anda con buzo por la vida anda también con banano por la vida. No sé si hay algo más cotidianamente innecesario y penoso que alguien con banano. Jorobita personal para gente sin bolsillos y estacionadores de autos.
Pero traicionándome a mi mismo, a contrapelo, partí con buzo a buscar la cámara. Quedé mal estacionado, bajé rápido, me pasaron la cámara, volví al auto, partí apurado. Por el camino hice un inventario. La billetera sobre el asiento, las llaves en el suelo… el celular no estaba. Pero me consolé pensando que había caído bajo el asiento. En el primer semáforo tantié. Encontre doscientos pesos, un algodón con maquillaje, una lata de bebida y un cepillo de pelo con pelos de Andrea. Pero del celular nada. En el siguiente semáforo revisé exhaustivamente hasta que las bocinas enfurecieron detrás mío. Encontré un calendario con los partidos del mundial (2002), pero nada del celular. Me traté de consolar pensando que había quedado donde José Miguel, pero el chofer de un Amazon vistiendo buzo y pijama a las siete de la tarde es, por momentos, escéptico e inconsolable.
Sonaba el teléfono cuando entré al departamento. Mi mamá llamaba, agitada. “Alguien tiene tu celular,” me dijo. La tranquilicé diciéndole que debía ser un amigo. Chao mamá, nos vemos en un rato. Estoy en buzo ahora.
Llamé a mi celular. No era, obviamente, José Miguel.
– Encontré tu celular -el tipo sonaba, joven, inofensivo, buena onda-. Venía con unos amigos, por la vereda y, por esas cosas de la vida tuve que bajarme a la calle y ví ahí en la cuneta y le dije a mis amigos: miren, un celular. Y mis amigos, gua… un celular. Y buscamos en las memorias y se nos ocurrió llamar donde decía mamá.
Era obvio. Siempre hay una mamá esperando en casa por un niño perdido. Imaginé mi sencillo Nokia plateado tirado en la cuneta como un perro sin dueño. Y me sentí culpable. Pero el buen samaritano todavía estaba en línea.
– Mira, ahora estoy con mis amigos en una picada que se llama “Donde Bahamondes”. Puedes venir a buscarlo.
Recordaba el “Bahamondes”. La última vez que había estado allá, de madrugada, un mozo se nos acercó a ofrecer un papelillo plateado. Era coca. Mi acompañante lo rechazó con familiaridad y siguió con su natural e inofensivo pito.
Y ahora el hijo pródigo en el antro del vicio y yo sin poder a buscarlo, porque había quedado de comer con mis padres y anda tu a desarmarle un compromiso a mi papá.
– Oye, pasa que no puedo ir a buscarlo hoy -dije con miedo-. Pero mañana a la hora que sea.
– A ver… mañana en la mañana estoy en clases. Pero en la tarde nos podemos juntar… ¿ubicas la iglesia de los mormones en Pedro de Valdivia con Pocuro? Ahí voy a estar, a las siete y media.
En ese momento di mi celular por perdido.
Pero no podía deshacer la comida, así que acepté.
– Okey. Ahí nos vemos.
En la comida comenté que me entregarían el celular al día siguiente y que pensaba llevar una botella de vino de agradecimiento.
– A lo mejor es muy “cabro” para tomar, dijo mi papá. Mejor llévale un buen chocolate. Además es más barato.
No dije nada. Qué sabía él, qué sabía yo, qué sabía nadie de mormones en el Bahamondes.

Al día siguiente…

a las siete, partí con Andrea, en auto, con jeans, a ver si el celular volvía a su dueño trayendo una rama de olivo en el pico.
En el taco de Pedro de Valdivia, a las siete de la tarde, una camioneta inmensa se detuvo a nuestro lado. A bordo, dos tipos, igual de inmensos, me hicieron señas de que bajara el vidrio. Les hice caso y me hablaron hacia abajo, enojados.
– Tú…. ¿Tú te acuerdas que chocaste la camioneta? ¿Te acuerdas?
Yo no recordaba haber chocado nada. Pero, ¿tenía sentido decirlo? ¿No somos todos acaso culpables por todo y ante todo? ¿No nacemos acaso con culpa? ¿Sobretodo, y más que nadie, yo que no fui bautizado y soy, como dice mi abuela “un morito”? ¿Tenía algún sentido o importancia haber o no haber chocado la camioneta con patones?
Dieron la verde. Y yo seguía mirándolos con la boca abierta, sin decir nada. Andrea me miraba como preguntándome “¿por qué no me contaste de la camioneta?”.
Pero dieron la verde, la fila comenzó a moverse, el cielo se abrió y el tipo del asiento del acompañante pareció llenarse de perdón y bondad.
– Huevón, parece que no es él, el conchaesumadre.
La camioneta partió en busca de otro amazon gris.
Yo estacioné (mal) a algunos metros de la iglesia que había mirado sin ver setenta y siete veces siete antes de ese día.
La iglesia (por Pedro de Valdivia) no es una iglesia, sino un edificio cualquiera que podría ser una universidad o un ministerio. Hay un salón de espera, muy limpio. Al fondo, un guardia como los de Matrix con un gran monitor con la imagen de nueve cámaras de vigilancia. Una bandera chilena y un ascensor. En las paredes, luminosos cuadros de Jesus y sus milagros. No sé por qué, pero pensé en la embajada de Estados Unidos. Imaginé a un jihadista entrando al ascensor y volando en mil pedazos mientras el guardia-matrix ametrallaba el aire.
Pero nada de eso ocurrió. El salvador llegó a tiempo, con el celular en la mano. Era un universitario en sus primeros años. Pinta de niño bueno, como si extrañara el uniforme y se sintiera incómodo con esa ropa de calle.
Me pasó el celular. Y un malvavisco que sujetaba entre el pulgar y el índice. “Por la espera”, dijo.
“Menos mal que no traje vino”, pensé sin saber si abrazarlo, gritar aleluya o decirle “hermano”. Abrí mi billetera y, con extemo cuidado, extraje… dos vales por entrada del cine Hoyts. Como plata, pero más delicado.
– Ojalá te guste la película -le dije.
– Muchas gracias. Espero nos volvamos a ver -dijo él abrazándome como hijos del mismo padre.
Sali de la iglesia pensando que si escribiera estas cosas nadie las creería.
Fui a morder el malvavisco, pero recordé a Andrea, esperando, preocupada, en el auto.
Mordí solo la mitad del malvavisco.
Andrea sonrió al verme llegar.
– Te traje medio malvavisco -le dije.
– Eres el mejor marido del mundo -dijo ella feliz.
– Revisa los últimos llamados -dije yo-. Mira que nunca se sabe.
Andrea obedeció en silencio. Yo estaba mal estacionado, así que me apuré en salir.

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2 comentarios »

  1. Las buenas practicas, son hoy una gran sorpresa, pero que gran sorpresa, ¿no?…
    Me gusta imaginar Santiago sin contaminación, sin robos, sin agresiones verbales, sin prepotencia, pero parece que eso aun es fantasía de las más intensas. De todas formas es posible hacer cohabitar suenno y realidad…
    Y para seguir imaginando te aviso, que el viernes proyectaran “Días de campo” De Raúl Ruiz en el centro de extensión de la católica.

    Un abrazo

    Inti

    Comentario por viajebeat — Miércoles, 4 octubre 2006 @ 9:13 am | Responder

  2. qué de wevoz, mira que encontrar un móvil acá en México es imposible!

    Comentario por Serapio Terror — Miércoles, 19 marzo 2008 @ 10:45 am | Responder


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