El Escribidor.

Miércoles, 25 octubre 2006

Conserjes.

Filed under: Posts de la vida.,Profesiones — Miguel A. Labarca D. @ 9:54 am

conserje.jpg

Desde que dejé la casa de mis padres y comencé a vivir en departamentos (incluso antes, pero ya hablaré de aquello en otra ocasión), me han llamado la atención los conserjes. O, mejor dicho, la relación que un habitante de un edificio tiene con sus conserjes. Es extraño que haya una persona abajo que te vé más veces al día que casi nadie y que te conoce -y hace gala de ello- muchísimo más de lo que tú lo conoces y quieres conocerlo a él.
Porque mi actitud -no siempre, pero ahora- es tratar a los conserjes con toda la amabilidad con la que trataría a cualquier desconocido. O sea, saludo, sonrisa y cada uno a lo suyo. No siempre fui a así, claro. Hubo épocas en las que me hacía amigo de los conserjes. Pero los resultados, la vida misma, me llevaron a ser como soy.
Hay, obviamente, otras posibilidades. No lo he visto, pero asumo que debe haber gente que trata a los conserjes como si no existieran, seres invisibles, sin saludo ni mirada. Pero no podría. Sería muy incómodo atrasarse en los gastos comunes. Y me sentiría una mala persona. Y no creo serlo.
Hay otros, principalmente cercanos a la tercera edad, que tienen una actitud amistosa-apatronada. Patrón de fundo buena onda. Si el tipo en cuestión se llama Juan Soto, inmediatamente pasa a ser Juanito, o peor aún Sotito. Entonces les preguntan por la familia, por los hijos, les hacen regalos para el dieciocho, pero siempre tratándolos como diminutivos. Lo terrible, lo penoso, es que la mayoría de los conserjes se amoldan inmediatamente a la dinámica y enfatizan el “don” nosecuanto y corren a abrir puertas y hacen reverencias. Y claro, todo eso me suena como a libro de José Donoso. Lo lamento, pero no soy un romantico del subdesarrollo. No en ese aspecto, por lo menos. Pero más allá de mis convicciones, hay dos razones más poderosas que me impiden tratar a los conserjes como Kike Monardés a sus cómicos.
Primero: mi memoria para los nombres es terrible. No puedo aprender cinco o seis nombres así como así. Y aunque los aprenda, siempre me entra la duda a última hora y los termino saludando de “hola que tal” en lugar de “hola Juanito”. De hecho con Andrea, para hablar de ellos tenemos sobrenombres: está Austin Powers, Jonhy Bravo, el simpático, el de anteojos y el más insufrible: “el lelo”.
La segunda razón es que sigo aparentando menos edad de la que tengo. Da lo mismo estar casado, bordear los treinta y tener en promedio dos dolores articulares diarios: para ellos sigo siendo, irrevocablemente, “el joven”. Levanto el citófono y escucho: “joven, su mamá va en camino”. Y a alguien que te llama “el joven” no lo puedes tratar como patrón de fundo. A menos quieras arriesgarte a que un día te empiecen a decir “señorito” y ahí si que se vaya todo al cuerno.
Como lo único que me queda es emular un trato amable con desconocidos, como me sugirió una vez Dunga, que de tanto aconsejarme se convirtió en consultor (yo soy un caso de éxito, imaginen el resto). Pero el trato amable con desconocidos es sustentable cuando sales, digamos, unas tres veces al día de tu departamento. Cruzas la recepción, dices buenos días, luego buenas tardes y al final buenas noches. Pero empieza a ser complicado cuando tienes que salir y entrar varias veces al día. Porque es a todas luces inadecuado decir cinco veces seguidas “buenas tardes”. Una posibilidad sería saludar una vez y luego ignorarlos o hacer un gesto cada vez más nimio. O sea, primero “buenas tardes”, luego “hola”, luego levantar la mano murmurando un “hola” como reclamo de micrero, inaudible, entre dientes, luego un saludo con la pera y finalmente un gesto con las cejas. Suena lógico, pero es complicado de hacer y tiene el riesgo de que piensen que tus días son malos, que cada vez enfrentas la vida con menos ganas. No tienen como saber que sólo los enfrentas a ellos con menos ganas.
Si fuera más extrovertido, podría inventar nuevos saludos, o hacer comentarios graciosos a la pasada. Pero no me nacen y cuando los hago, suenan tontos. Qué frío que hace acá y el tipo que ha estado al lado de la estufa, con guantes y bufanda por cinco horas te mira con cara de… bueno, se imaginan.
La solución a la que he llegado es fingir apuro. Mientras más veces salgo al día, más apurado estoy. Parece funcionar. Nadie espera un gran saludo de un tipo apurado. Me limito al hola y corren a abrirme la puerta lo que agradezco amablemente, pero apurado, siempre apurado. Hay casos extremos, como salir apurado y que se te quede algo. Entonces te tienes que devolver. En ese caso hay que devolverse aún más apurado y sin dar explicaciones de perdedor como “ehhh, se me quedó algo”. Nada de eso. Subes sin decir nada y al bajar, cuando sientas que la mirada cae sobre tí y que ningún saludo ingenioso salvará tu irreversiblemente dañada imagen, sacas sorpresivamente el celular y haces como que hablas. Apurado, siempre apurado. No es precisamente glorioso, pero es lo más digno que se me ha ocurrido.

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3 comentarios »

  1. Propongo la técnica del Negro Piñera. Se usa entrando y saliendo, de día o de noche, apurado o lento, y consiste en afirmar que todo esta bien (no preguntar como está) y agregar el “papa”, que puedes sustituir por lo que te plazca.
    Sería “Todo bien amigo”, “Como va compadre” (nótese que aunque sea pregunta, no lo es, o por lo menos se dice sin esperar respuesta), etcétera. Puedes agregar un nodding con la cabeza y/o una sonrisa. Si lor epasas más de una vez en poco rato, sólo haz la afirmación tipo “bien, bien”, “todo bien”.

    Otra alternativa es golpearlo cada vez que te mire. Así, con refuerzo negativo, no será más un problema.

    Comentario por ROB (gorost) — Miércoles, 25 octubre 2006 @ 4:08 pm | Responder

  2. Esperaba que comentaras de la técnica del celular… al oido, como si alguien te hablara.

    Comentario por Dunga — Miércoles, 25 octubre 2006 @ 9:47 pm | Responder

  3. Hay una técnica llamada “Idle” que podrías comentar, sería interesante ver como aplicarla fuera del messenger.

    Comentario por planetarob — Sábado, 28 octubre 2006 @ 6:19 pm | Responder


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