El Escribidor.

Miércoles, 25 abril 2007

Niños envueltos.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 3:58 pm

Niños envueltos según Mónica Lavn

El otro día, en un cumpleaños, en lugar de las aburridas conversaciones sobre nada habituales, el nuevo pololo de una amiga contó la historia de su abuelo. Su abuelo era del campo, al igual que él, contaba. Pero en los tiempos de su abuelo el campo era otra cosa, claro.
En los campos del comienzo del siglo pasado, contaba, era habitual “vendar guguas” (o bebés, como se está poniendo extranjerizantemente de moda). Andrea, que es doctora de niños y estudia mucho sobre estimulación temprana, masajes infantiles y apego materno, no podía creer estas historias de guaguas que se vendaban desde el cuello para abajo, como una crisálida lactante, durante todo el primer año de vida. La idea, se suponía, era lograr que crecieran rectas de cuerpo y espíritu.
El Rafa, que así se llama el pololo de Poli, aseguraba que su abuelo, en efecto, había crecido recto en todo sentido. Ingenioso, simpático y querido por todos los loncochinos. Ene igual a uno, dijo Andrea, porque es la manera científica de decir que una golondrina no hace verano. En cualquier caso, explicaba Rafa, su bisabuela tenía que manejar un campo completo y alimentar a seis hijos. O sea, nadie en esas condiciones puede preocuparse de una guagua suelta. Por eso, mucho mejor vendarla.
Rafa después contó la historia macondiana de como su abuelo había probado por primera vez un plátano a los doce años al viajar a la gran ciudad (Loncoche). Y como nunca había comido algo tan exquisito en su vida, tiempo después, cuando encontró en el bosque del fundo un árbol nativo cuya corteza le recordó el olor del plátano, adoptó la costumbre de internarse en el bosque cada cierto tiempo para oler y recordar así la fruta de maravilla. No resulta sorprendente que, cuando probó por primera vez una copa de vino, a los veinte y cinco años, decidió nunca más en la vida volver a tomar agua. Y lo cumplió. Y murió anciano. Y cuando alcanzó una buena posición, siempre tuvo a mano un racimo de plátanos, para recordar que las cosas en la vida no se dan fáciles.
Pero lo más impactante fue la revelación de las guaguas vendadas. Ayer se lo comenté a Dunga, anticipando una sorpresa que nunca llegó.
– Bah, en Brasil todo el mundo envuelve a las guaguas. Ellas son mucho más felices así -me aseguró.
En la tarde de ayer mismo fuimos a ver a Lore, una amiga de Andrea y su hijito de dos semanas, una guagua chiquita, pero con aire adulto. Y el niñito estaba envuelto. Y no lloraba.
Lore explicó que era bastante obvio. Están nueve meses apretados en el útero, rodeados de ruido y sin poder estirarse. La libertad de movimientos es más bien una condena para ellos.
Ahí me di cuenta que nuestra tradición gastronómica arroja luces sobre el asunto. “Niños envueltos” es un plato que cada vez se hace menos, pero que aún recordamos. Otra tradición que se pierde, supongo.
Andrea quedó bien sorprendida con todas estas cosas. En una de esas, hasta hace un paper, o al menos una búsqueda sistemática. Yo, en tanto, me limité a buscar la receta en google. El jueves, cuando la nana limpie los sartenes, planeo hacerla.

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4 comentarios »

  1. un gran relato coitidiano mitch. agregame y hablamos de escribir: papeluchoasesino@hotmail.com

    Comentario por Papelucho — Jueves, 26 abril 2007 @ 8:24 pm | Responder

  2. jajaja está buenísimo.
    Katty

    Comentario por Katty — Domingo, 29 abril 2007 @ 1:49 am | Responder

  3. Pero qué diablos de historia.
    Tendré que comprar algunas vendas… no sin antes hacer algunas averiguaciones con mis abuelos.

    Comentario por Parrao — Lunes, 30 abril 2007 @ 12:31 pm | Responder

  4. Sí, bueno, dejo claro en todo caso que el hijo de la amiga de Heather estaba envuelto en un pañal y no en vendas como se supone que era la tradición. Pero de que no lloraba, no lloraba.

    Comentario por Mitch Gómez — Lunes, 30 abril 2007 @ 12:35 pm | Responder


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