El Escribidor.

Martes, 1 mayo 2007

El affaire de las papayas al jugo (primera parte).

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 4:24 pm

¿Cuánto pagar�as por estas papayas?

Street wise Edo.

Siempre he pensado que un buen equipo debe ser como “Los Magníficos” o “Ocean’s Eleven”. Más que uniformes integrantes todo terreno, un buen equipo debe tener un especialista en cada cosa. Nuestro grupo de estudio universitario era algo cercano a eso o, por lo menos, eso nos gustaba pensar.

Felipe tenía el don de la matemática y podía explicarte cualquier cosa con un gráfico. Dunga estaba al tanto de todo y lo que no sabía lo averiguaba rápido. Enzo tenía mucho estilo y sabía “computación”, “Internet” y “chat” en los tiempos en los que aquello aún era ciencia para elegidos. Yo era el “creativo” del grupo, lo que usualmente no servía de nada, pero me permitía sacar la vuelta hasta la madrugada, divagar profusamente y, a último momento, desesperado, exigir que me resumieran todo el conocimiento en una página y media hora.

Edo, en cambio, exhibía un sarcástico, suficiente y siciliano desprecio hacia nuestras reales o supuestas habilidades. Lo suyo era el pragmatismo de la calle. La vida real. La diferencia entre teoría y práctica, que en teoría no existe, pero en la práctica es enorme.

Ningún caso de Harvard puede reemplazar a la experiencia de tener tu propia empresa, invertir tu propia plata y lidiar con tu propia gente, decía Edo. En esa postura lo apoyaba Tatán, uno de sus mejores amigos que, a decir verdad, nunca formó parte oficial de nuestro grupo, pero lo merodeaba como un satélite sonriente cuando se acercaban las pruebas o entregas de trabajos.

Nunca nos quedó clara cual era la habilidad distintiva de Tatán. Tal vez una sabiduría o por lo menos una gracia que ni siquiera era callejera como la de Edo, sino de campo Maulino, de los pródigos bosques de Constitución o “Conti” como aprendimos a decirle a la ciudad que prácticamente le pertenecía.

Porque el papá de Tatán era (y sigue siendo) dueño de demasiadas hectáreas de bosques de pino, aserraderos y un par de espectaculares casas con vista al río a media hora en cuatro por cuatro de la ciudad donde eramos tratados como realeza cuando acompañábamos a Tatán a los famosos “retiros de estudio” que de estudio solían tener muy poco.

Era un buen trato, en todo caso. Tatán se llevaba a domicilio un grupo de excelentes profesores y el susodicho grupo se desquitaba del esfuerzo con asados, paseos en moto de agua, emocionantes rallys a las dunas y antropológicas excursiones a las discos (o fondas, según la fecha) de Constitución.

Pero el comienzo de nuestros mejores años se acabó demasiado pronto. Hicimos tímidos intentos por capitalizar el potencial de nuestro grupo de estudios en un negocio conjunto. Descartamos la idea de Enzo de crear un video-club por internet; con los pies en la tierra, pensamos que nadie en Chile usaría algo tan inaccesible como internet para arrendar películas. En lugar de eso optamos por el prometedor negocio del paintball. Encargamos un par de rifles, hicimos pruebas de disparo a quemarropa en las que yo fui el voluntario (mucho antes de jackass) y nos tratamos de reunir con el alcalde de La Serena para construir un elefantiásico campo de batalla en plena playa.

El negocio se derrumbó por su propio peso; gradualmente fuimos desertando, tentados por las primeras ofertas de trabajo. Cientos de bolitas de paintball quedaron en el fondo del refrigerador de Dunga. Un recordatorio inútil de la fragilidad de nuestros sueños y de la precariedad de la dieta de nuestro amigo, que nunca echó de menos el compartimiento de las verduras.

Edo, luego de un fugaz paso por una fábrica de cecinas, donde lo único que sacó en limpio (o más bien en sucio) fue a nunca volver a probar una vienesa o un paté, se radicó definitivamente en el rubro textil, trabajando en una conocida empresa de fábricación e importación de jeans y ropa juvenil. El destino fue sabio en este caso. Mientras la mayoría terminamos en grandes multinacionales, redactando informes, mostrando power points e interpretando gráficos para alimentar a la burocracia corporativa, Edo pudo usar a destajo toda su sabiduría callejera al quedar a cargo del área comercial de la pujante empresa. Negociando carniceramente con las grandes tiendas, luchando por el espacio en los exhibidores, puteando o premiando a los pequeños ejércitos de vendedores. Moviéndose rápido, olfateando el aire, adivinando intenciones con una mirada. Manteniendo a los amigos cerca y a los enemigos aún más. Edo estaba en su salsa.

Don Samuel, el dueño de la fábrica, era judío. Algo que probablemente hubiese conflictuado a Eduardo si esta historia transcurriera en Queens o en una película de Scorsese. Pero en Santiago de Chile, a Edo le dio lo mismo. Los dueños estaban contentos con él y comenzaron a integrarlo gradualmente a las actividades de la colonia. Edo comenzó a frecuentar Bar-Mitzvahs, Yom Kipures y bailes a beneficio. Descartó la circunsición solamente por la oposición ferrea de su señora. Se acostumbró también a la costumbre de la colonia de ayudar solidariamente a sus miembros caídos en desgracia. Comprar boletos de rifa, darle trabajo al hijo alguien, conseguir un negocio para el tío de algún otro. Por eso, se excusa Edo, bajó la guardia cuando el tipo se presentó en su oficina con tres frascos grandes de papayas al jugo.

“Vengo de parte de Don Samuel”.

Fue lo primero que dijo el hombre. Simpático, sonriente y seguro de si mismo. Le explicó que su familia tenía cabañas y un restaurante en las afueras de La Serena y que Don Samuel siempre pasaba a comprarle papayas, higos y frutos secos. A Edo le calzó todo. Efectivamente, el dueño de la empresa tenía su casa de veraneo en el norte. Y le gustaba comer bien, buscar picadas, comprar barato.

El hombre dejó los tres frascos de papayas sobre el escritorio de Eduardo. “Un regalo de Don Samuel”, dijo. A Edo le llamó la atención. Don Samuel nunca le había hecho un regalo. Y menos de sorpresa. Pero lentamente fue armando el puzzle. El tipo parecía cercano a Don Samuel. Y si don Samuel lo había enviado a su oficina, sólo había una razón posible: había que ayudarlo.

Resignado, Edo lo siguió hasta el estacionamiento. El tipo abrió la maleta de su auto. Adentro, impecablemente envasado, cubierto con celofán, en una caja de madera compartimentada, un impecable surtido de frutos secos y confitados.

– Adelante, pruebe no más, amigo.

Antes que Edo pudiera decir nada, el tipo sacó su cortaplumas y rajó el celofán.

– Saque no más, amigo. Yo ahora vuelvo a La Serena, igual se me iba a romper. ¿Por qué no se lleva todo, mejor, don Eduardo? Le hago un precio. Además estos frutos no se echan a perder. Don Samuel siempre me compra el surtido completo.

Edo ya no podía negarse. El celofán ya estaba roto y el tipo ya sostenía la caja en los brazos, esperando a que Edo lo guiara su auto. Acomodaron todo y volvieron a la oficina, a buscar la chequera. Edo puso la fecha en el cheque y preguntó por cuánto lo hacía.

– Trescientos mil pesos -dijo el tipo.

Edo levantó la vista y lo miró a los ojos: la misma sonrisa, la misma seguridad. Ni un momento de duda, ni un gesto, ni un rastro de adrenalina en el aire. Volvió a mirar el cheque. El tipo esperaba. La secretaria, allá afuera, observaba todo, curiosa. Si don Samuel lo había mandado y si don Samuel siempre le compraba, Edo no estaba en condiciones de rechazar la oferta.

– ¿Le puedo hacer tres cheques? -preguntó.

– Claro que sí. De hecho, hágame a treinta, sesenta y noventa, si quiere. Para mi es lo mismo, yo ahora vuelvo directo a la Serena y no los pienso cobrar hasta el verano, que es cuando necesito la plata -contestó el tipo.

Edo hizo los cheques y se despidió en silencio del agradecido serenense. Mientras lo veía alejarse, comenzó a sentir ese sudor frío en la espalda. Como cuando abres la prueba y la primera pregunta es justo aquello que pasaste por alto en el estudio. Tomó el teléfono y marcó en anexo de don Samuel.

– Buen cachito me mandó, don Samuel -le dijo a modo de saludo.

– ¿Qué cosa?

– El gallo de las papayas que llegó de parte suya. Me salió caro su regalito.

Un silencio al otro lado de la línea. Y luego el balde de hielo.

– Te cagaron, huevón. Yo nunca mandé a nadie.

(CONTINUARÁ)

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4 comentarios »

  1. Jajaja.

    A un tío le pasó lo mismo.

    Eras unas naranjas confitadas a 100 lucas.
    “Es que al final estabas pagando lo bonito de la caja”, trató de justificarse.

    Comentario por Parrao — Miércoles, 2 mayo 2007 @ 7:26 pm | Responder

  2. Edo, existe??? y si existe…¿todavia le gustan las papayas?
    pasare a leer la segunda parte. Un abrazo, Leticia
    PD aprovecho de mandar un gigante saludo a Parrao y familia,
    porque no me resulta dejarlos en su blog.(Sorry por la patudez)
    PD2 sobre la lagartija de abajo… yo tambien lo he visto… igual que con las patas de las arañas.
    muchos muchos carños.

    Comentario por leticia mery — Jueves, 3 mayo 2007 @ 8:24 pm | Responder

  3. Edo existe y la historia es real aunque, como siempre, me he tomado algunas licencias cuantitativas, cualitativas y combinatorias. Para saber el resto, hay que esperar la segunda parte.
    Ningún problema con ser emisario para Parrao.
    No sabía lo de las patas de araña.
    Cariños por casa también.

    Comentario por Mitch Gómez — Jueves, 3 mayo 2007 @ 9:16 pm | Responder

  4. Hola soy Edo,
    Vendo papayas!!!!!!!!!!!!!!

    Cualquier pedido sera tomado por este vía, Despacho 24 horas (Don Samuel se encarga del despacho).

    Saludos

    Comentario por Edo — Sábado, 5 mayo 2007 @ 10:39 pm | Responder


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