El Escribidor.

lunes, 9 junio 2008

Murió Samir.

Filed under: Posts de la vida. — Miguel A. Labarca D. @ 8:56 pm
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El viernes pasado murió Samir Nazal. Hacía meses que no lo veía. La vida es muy rápida para estar con los vivos. Pero los muertos quedan. Me paré atrás, con los amigos lejanos. Cerca, los de siempre, los incondicionales. Más cerca, los nuevitos, flacos, ilusionados, llorosos. Como yo hace doce años, cuando pensaba que la literatura podía salvarte, hacerte mejor persona; cuando conocí a Samir. Ahora sé, como Samir siempre lo supo, que con o sin literatura, uno termina igual en un cajón. Pero por la duda y por mientras, bien podemos escribir y leer. Guardemos libros sin sacudir el polvo. Hace un par de años, con Ritch Guzmán sacamos a Samir de su casa y le hicimos aseo. Sacamos capas geológicas de humo de cigarro materializado. Y cientos de miles de papeles que se deshacían al tocarlos y se agrietaban al mirarlos. Y como no teníamos tiempo para más, los tiramos todos dentro de unos inmensos cajones de plástico transparentes que compramos en el Home Center. Un Tuperware faraónico lleno de poesía inédita.

La novela de Samir fue su vida. Y todos nosotros sus borradores, escuchas y borrones. Samir que me inventó New York y varios hijos; Samir que despertó en Buenos Aires en pelota en un closet lleno de gente en pelotaí; Samir que compartió una clase con Cortázar y una ida al teatro con la Bardot; Samir que levitó en su primera comunión; Samir que recuerda una inundación en un pueblo sin río. Samir que alguna vez creyó que yo escribiría algo que valiera la pena.

Samir nunca se hizo ilusiones. Hablaba de la muerte, la sentía y la esperaba. En una ocasión me dijo que cualquier obra literaria que no tocara el tema de la mortalidad le parecía una leserita liviana y una soberana lata. Me encantaba como Samir decía «soberana lata». Le salía del alma.

Quiero escribirle un cuento a Samir, pero no ahora. Acá va un poema que una vez lo obligamos a leernos. Lo leyeron en su funeral y fue terrible. Samir odiaría verlo publicado en un blog, pero qué diablos. Todos seremos un lugar común después de muertos.

La gente que va sola, duerme sola;
el silencio se solaza con ella.
A su casa llega sola: no enciende luces.
La sombra osa abrazarla: vecina, se aproxima,
sigilosa: sienta sus blandos huesos
sobre el sofá y rebulle sus rodillas
contra la carne sola. Cruza las manos
la gente sola y accede a su promiscua
sonrisa. A veces, suspira o espectora
brutalmente. Alza la mano remisa
hacia eso.
El óleo consagrado de la calle
–consortes espectrales– pluraliza la espera.
Se esfuma el rostro en el espejo, híbrido,
acaso surge. Los retratos acechan
un asequible turno de perfumes.
Refugian los sueños: reflejan flecos,
borlas, tapices, cortinas, balcones,
enredaderas, el esbelto cenit.
La espalda de la gente sola es rugosa.
Ancha, comba, recelosa. Muy dura al tacto.
La gente sola no muere, queda sola.

Samir Nazal

Y acá va un poema que le escribió hace años mi amigo Ritch Guzmán. Hay que decir que Ritch me presentó a Samir, y que Ritch lo quiso y lo ayudó mucho más que yo. Pero hay que decir también que yo era el preferido y eso Ritch no podía entenderlo. Era como una historia bíblica en su moral injusta. Ritch cocinaba las lentejas, pero yo me vestía con piel de cabrito y Samir me daba la primogenitura. Así que Ritch escribió esto y Samir lo tuvo que amar a la fuerza.

A LA FUERZA

Amarás estos versos, aunque sea a la fuerza,
te veré amamantarlos con arcadas, con muecas,
como una madre asqueada con sus hijos horribles,
has de amarlos, pues yo te los dedico, cual piedras.

Ya verás, cuando crezcan estos versos perversos,
se retuerzan, se hinchen y te saquen de quicio
y arrancarte los ojos de las cuencas rehúsen
y no tengas más vuelta que cegarte tú mismo
y arrastrándote a tientas por el cieno me busques
y me encuentres llorando en el lugar más absurdo
—funeral o bautizo o lanzamiento de libro—
y dándome las gracias con rencor, me acuchilles
con la cara de lata de dios haciendo el mundo.

Ricardo Guzmán

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